Hablar con Hache

El tabú de la inmigración no regulada.

Hablar de inmigración es algo muy delicado y frecuentemente polémico. Estamos acostumbrados a que este tema esté en el centro del debate político y sociológico, pero también a que sea un lugar común en las tertulias con nuestros amigos y familiares. Nos ocupa y preocupa. No obstante, sigue siendo incómodo de tratar porque, si bien todos sentimos empatía por aquellas personas que sufren y se ven en situaciones lamentables para acceder a una mejor vida, al mismo tiempo reconocemos los grandes retos de la inmigración no regulada. 

La mayoría de las opiniones están polarizadas, como lo está también el debate político en los Estados Unidos y en Europa, entre un pensamiento liberal que dice defender la inmigración y un pensamiento conservador que la quiere reconocer como amenaza. Pero, sin duda, esta es una manera demasiado simple de percibir una realidad que debería ser abordada en mi opinión sin el peso de la ideología. En Estados Unidos los republicanos frecuentemente se quejan del uso político que los demócratas hacen de este tema para conseguir el voto latino, una comunidad que representa el 18% de la sociedad estadounidense. Por su parte, el partido republicano y en concreto la administración Trump, consiguió su victoria gracias al uso político de la inmigración ilegal de la que se tenía que defender hasta con un muro físico. Se llegó a términos impensables hasta el momento en el debate presidencial definiendo a los inmigrantes centroamericanos como “delincuentes”, “violadores” y “narcotraficantes”.

El uso político de la inmigración no es un invento del siglo S. XXI, no es un un invento de Trump y sus acólitos, ni siquiera del S.XX, sólo tenemos que pensar en la estrategia política de los Reyes Católicos en 1492 y su campaña “make Spain great again” o la de Felipe III dos siglos más tarde con la expulsión de los moriscos ante el miedo de su respaldo militar a una invasión otomana. 

La Europa moderna tampoco puede entenderse sin los movimientos migratorios, Alemania hizo uso de la inmigración para reconstruirse de una guerra que llevó a su nación y al mundo occidental al abismo. En el siglo XXI, la crisis migratoria siria permitió a un país fronterizo como Turquía  beneficiarse monetariamente de su acuerdo con Europa. Alemania, y sé que lo que voy a decir es muy polémico, consiguió limpiar su imagen del pasado esperando en las fronteras con rosas a aquellos sirios a los que la canciller Merkel acogió dando un ejemplo de solidaridad nunca visto.

Pero el uso político de la inmigración por gobernantes como Trump, Merkel o Erdogan nada tiene que ver con la realidad que los habitantes de un país enfrentan en su día a día con todo lo que esto supone para el inmigrante que llega y el autóctono con el que va a convivir. Además, dentro de un mismo país sus habitantes viven realidades muy diferentes. Si preguntamos a un ciudadano americano de McAllen, al Sur de Texas, probablemente su percepción de la inmigración difiere mucho de la del ciudadano que vive en Connecticut por razones claras. Suiza, Australia y Japón que cuentan con uno de los sistemas más estrictos de inmigración no se enfrentan a los mismos retos que países limítrofes como España o Italia por cuestiones geográficas.

La realidad incuestionable es que la inmigración irregular no viene acompañada de un respaldo de integración que favorezca la convivencia, más bien al contrario. No creo que se pueda hablar de una falta de voluntad política o social generalizada. Son muchas las iniciativas sociales y políticas que han intentado respaldar la integración de los inmigrantes y la convivencia de las regiones afectadas tanto en los Estados Unidos como en Europa. Pero la realidad es que nuestras naciones son naciones endeudadas, que gastan más de lo que tienen y que carecen de los recursos suficientes para atender como merece la llegada de cada ser humano en busca de ayuda.

Después de reconocer la dificultad tocaría buscar las soluciones. ¿Es políticamente correcto decir que la inmigración irregular debería frenarse a favor de ayudas a países en desarrollo para que puedan por fin conseguir una sociedad más avanzada y con más oportunidades para sus ciudadanos? ¿Es esto una muestra de falta de empatía e insolidaridad?

En estos momentos estoy escribiendo una novela sobre la política migratoria de Trump a la que el fiscal Jeff Sessions denominó Tolerancia Cero. Cuando leo los testimonios de las mujeres hondureñas que dejan a sus hijos en sus países para intentar el sueño americano y terminan, si es que llegan, perdiendo a su familia, trabajando de sol a sol para ayudar a los que se convierten en desconocidos, pienso que sería mejor apoyarlas en sus países. La mayoría de las mujeres madres que abandonan a sus hijos para poder darles una vida mejor terminan reconociendo su arrepentimiento. ¿Merece el sueño americano la pena para este tipo de inmigración? ¿Qué responsabilidad tenemos los que estamos al otro lado de la frontera de avisar de la realidad a la que se van a enfrentar?

Si la solución que elegimos al debate es sí a la inmigración no regulada, es necesario a mi modo de ver abandonar enfoques globales, internacionales e incluso nacionales. Estoy convencida de que la inmigración debería tratarse al nivel más regional, lo más local posible, ofreciendo recursos a las zonas más afectadas. Un agricultor en Murcia necesita de un respaldo de su gobierno para enfrentarse a la realidad que Bruselas, definitivamente, no conoce. 

Como era de esperar antes de escribir este post, no tengo la solución a un problema cuya complejidad excede todo debate posible, pero sí estoy convencida de que la ideología y el uso político de la inmigración no aporta soluciones reales a esta crisis humanitaria que nos acompaña y nos acompañará probablemente siempre. 

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