Hablar con Hache

Una pasión para el 2023

En menos de dos semanas empezaremos un nuevo año. Según las estadísticas, el 40% de nosotros empezará una dieta que abandonará en febrero; el 68% tendrá el propósito de ponerse en forma y de ese grupo, una generosa mayoría se apuntará a un programa riguroso de ejercicios. 

Es interesante ver cómo nuestra mente tiende a hacer balance de lo conseguido o no conseguido durante doce meses y no cesa de intentar nuevos retos para ser mejor. Se trata de un mecanismo psicológico que está en la base de nuestra evolución; el ser humano está programado para mejorar la especie y por ende a sí mismo.

Ayer leí una entrada de blog que llevaba por título “Descubre tu pasión en el nuevo año”. A pesar que este tipo de títulos no suele cautivarme, no pude evitar esta vez detenerme y pensar por un momento en el concepto de la pasión. De todas las connotaciones semánticas que tiene el sustantivo “pasión”, la primera que la Real Academia de la Lengua ha elegido para su conservador diccionario es “acción de padecer”. Honestamente, hubiera apostado que la acepción “Inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona” estaría por delante en la escala semántica, pero ante mi sorpresa, es el padecimiento lo que la Academia ha destacado como principal significado. 

Siempre hemos admirado aquellas personas que viven una pasión, o mejor dicho, aquellas que han hecho de la pasión el centro de su vida. Este año se estrenó una película bastante polémica por el comportamiento pasional de su protagonista, Will Smith, significando aquí pasión: “perturbación o afecto desordenado del ánimo” (acepción número quinta del diccionario académico). En King Richard, El método Williams en su versión española, se presentan claramente las ideas que Daniel Coyle desarrolló en su estudio sobre el talento hace más de trece años titulado The Talent Code: Greatness Isn’t born. It’s Grown. Here’s how. 

Para Coyle y muchos otros estudios que aparecieron posteriormente, el talento no es algo con lo que se nace, como tampoco es la pasión. No nacemos músicos, ni deportistas, ni ávidos lectores. Cada uno de ellos ha pasado por un proceso de “padecimiento” sin connotaciones románticas, padecimiento puro y duro como el de las jóvenes Serena y Venus Williams por nombrar tan sólo un ejemplo. 

Hoy  recuerdo mi desconcierto cuando mi padre se empeñó en hacer de mí y mis hermanas (conmigo tuvo que insistir con más vehemencia) unas apasionadas lectoras, entiéndase aquí la acepción séptima del diccionario que venimos nombrando: “Apetito de algo o afición vehemente a ello”. Recuerdo sus pasos hacia mi habitación en el mes de junio con una selección de libros de El barco de vapor para darme la amable opción de elegir cinco títulos para las vacaciones. Nunca olvidaré la tortura que significaba aquellas horas en el sofá de casa con un calor asfixiante y unas ganas increíbles de ir a la playa para lidiar con las temperaturas veraniegas del sur de España. Las primeras horas eran siempre las peores, los primeros libros, pero poco a poco mi mente se fue acostumbrando a este ejercicio cognitivo hasta que, como explicó Coyle, mi cerebro comenzó a desarrollar conexiones neuronales cada vez más fuertes en torno a la lectura que me llevaron a no sólo convertirme en una asidua lectora, sino a disfrutar leer, a decidir estudiar literatura en la universidad, a elegir la docencia como profesión y finalmente no entender la vida sin un libro.

Estoy segura que sin mi padre esa pasión nunca se hubiera desarrollado porque no nacemos con ninguna tendencia al padecimiento, sino más bien a todo lo contrario. Esto es una buena noticia: No tenemos que depender de ventajas genéticas, o al menos no es determinante en la mayoría de las pasiones que podemos disfrutar. La clave del éxito está únicamente en nuestra decisión y firmeza de padecer por algo que nos gusta o que nos gustaría perseguir. “La práctica hace al maestro” es uno de esos dichos populares que hoy goza de base científica.

Nunca pensé que yo pudiera correr una media maratón, ni siquiera una carrera de 10 kilómetros, pero justo hace dos años, a las puertas del fin del 2020 y siguiendo las estadísticas que nombré al comienzo de este post, me propuse ponerme en forma y correr tres veces por semana. Aunque tengo que admitir que cada vez que salgo a correr me pregunto si poseo algún tipo de elemento masoquista en mi personalidad, he conseguido disfrutar cada carrera y he descubierto que nunca es tarde para conseguir un objetivo si ponemos el esfuerzo para ello. Me pregunto qué nueva pasión perseguiré en el 2023 y qué padecimiento tendré que afrontar. Espero que merezca la pena. 

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