Siempre me he preguntado por qué razón nos produce tanto placer constatar una casualidad de cualquier índole. Más placentero es incluso si podemos compartir esa casualidad con otros, en algo así como: “¿te has dado cuenta de las piezas de este rompecabezas que yo he conseguido encajar?”. Pareciera que muchos seres humanos ansiamos comprender la realidad —tan compleja como inasible— para desenmascarar los planes de ese demiurgo que se divierte con rimas consonantes, como si quisiera llamar nuestra atontada atención.
Hoy tenía pensado escribir, con motivo del Día del Libro —aniversario de la casual muerte de Shakespeare y Cervantes— una reseña de uno de tantos libros que recibí por mi cumpleaños de mis pobres amigos (y digo pobres porque no debe ser fácil serlo). Me debatí entre Narciso y Goldmundo de Hermann Hesse, No te veré morir de Miguel Ángel Muñoz Molina o Ordesa de Manuel Vilas. Sin embargo, ayer ocurrió algo casualmente mágico.
Admito que no hay nada que se pueda medir con la coincidencia de que Napoleón y Hitler nacieran con casi exactamente 129 años de diferencia, llegaran al poder con 129 años de diferencia y declararan la guerra a Rusia también con 129 años de diferencia. Pero hoy quiero hablar de actualidad.
Escuchaba ayer, con motivo del fallecimiento del Santo Padre, una entrevista en un canal de televisión española al escritor Javier Cercas, quien publicó hace pocos días su libro El loco de Dios en el fin del mundo, sobre el papa Francisco, en lo que viene a ser el mejor ejemplo de book market timing de la historia reciente.
Al parecer, Lorenzo Fazzini, responsable de la Libreria Editrice Vaticana, encargó al ateo redomado y laicista militante acompañar al Santo Padre a su viaje a Mongolia para que lo plasmara en sus letras con “total libertad”. No sin temor a ser acusado por sus compañeros intelectuales y anticlericales de “blanquear la Iglesia”, Cercas decidió aceptar por una cuestión puramente personal: la madre del escritor, católica devota, le había pedido averiguar si, cuando falleciese, se volvería a reencontrar con su marido, el padre del escritor.
Sé que esta casualidad no es tan fácil de compartir en redes ni en datos, pero es profundamente mía: hace menos de dos meses, cuando vi el féretro de mi padre apoyarse en el de mi madre bajo la tierra de Murcia, me pregunté algo similar. Pero sigamos con las casualidades colectivas y comprobables.
“El loco de Dios” fue el nombre con el que Borges (maestro, siempre volvemos a ti), compatriota y conocido del Papa, bautizó a Francisco de Asís, modelo del pontífice. Jorge Mario Bergoglio decidió emular la compasión hacia los pobres, la humildad y el desapego a los bienes materiales del santo fundador de los Franciscanos.
Como arzobispo de Buenos Aires, su mirada se dirigía al sur de la ciudad, hacia los arrabales, hacia la periferia (palabra tan borgiana), aquellas calles que recorría hasta que fue llamado al cónclave papal en 2013. En su primer discurso, el 13 de marzo, el nuevo papa se burló de su propia elección como un pontífice que venía “del fin del mundo”, y siguió con esa mentalidad de evitar los centros pudientes. Durante su pontificado, sus viajes fueron una declaración de intenciones: visitó lugares marginales, países que no habían estado en las agendas de papas anteriores —como Mongolia.
El primer papa latinoamericano, llegado desde el fin del mundo que es Buenos Aires, deja una Iglesia poco transformada para lo que desearíamos en una sociedad diversa e inclusiva, pero con una ideología nueva: la de la periferia. Es un paso pequeño en una organización milenaria muy adversa al cambio. Ojalá los cardenales elijan en el próximo cónclave a alguien que siga esta línea y sume un nuevo grano de arena para que, por fin, la Iglesia católica entienda que todos los seres humanos —hombres y mujeres— somos iguales no solo ante la ley, sino también ante Dios, independientemente de nuestro género o inclinación sexual. Que el matrimonio, constructo social que tenía sentido cuando la esperanza de vida era de 35 años, hoy es algo mucho más complejo. Y que la Iglesia salga, de una vez por todas, de su ensimismamiento para ayudar a los que realmente lo necesitan.
Aquí va mi candidatura a otro papa de la periferia. Desde esta otra punta del mundo, cruzando libros, arrabales y dudas, le deseo toda la suerte a Luis Antonio Tagle, cardenal de Filipinas. Ojalá Dios también hable tagalo.
¡Feliz día del libro!


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