Todos tenemos una broma compartida con algún compañero que evoca una experiencia inolvidable de la vida universitaria. Durante años, mi amigo Miravete —lástima que mi idioma materno no ofrezca más palabras para nombrar a esa persona que elegirías siempre para compartir vivencias— y yo recordábamos aquella clase de literatura hispanoamericana, dedicada a la poesía modernista de Rubén Darío, en la que un profesor visitante llamado Umberto nos advirtió, con una sonrisa maliciosa: “las palabras no son inocentes”.
No puedo relatar aquí todo lo que esa frase ha dado de sí en nuestras interminables bromas, pero lo cierto es que cada vez que nos reencontramos, ya sea en España o en sus visitas demasiado esporádicas a Estados Unidos (nunca hay que perder la ocasión de lanzarle una pulla a un buen amigo), de un modo u otro acaba apareciendo… y haciéndonos reír a carcajadas.
El pasado viernes, 5 de septiembre, no pude evitar recordar a Umberto y, por supuesto, a mi querido Miravete, cuando el presidente Trump decidió dar un subtítulo, apodo o título válido de “Departamento de Guerra” a lo que hasta ahora conocíamos como Departamento de Defensa. Y, a diferencia de nuestras viejas bromas, esta vez no me provocó ninguna risa; más bien todo lo contrario.
Quienes hemos estudiado filosofía del lenguaje —y también quienes poseen un mínimo de sentido común— no podemos dejar de reconocer una clara intención en las palabras del presidente.
Existen varias teorías lingüísticas sobre la relación entre el mundo y la lengua. Para el antropólogo y lingüista Benjamin Lee Whorf, la lengua condiciona la manera en que percibimos la realidad. Cuando llamamos a una persona homeless en inglés, dotamos a esa palabra de un estigma de fracaso personal frente a unhoused. Recuerdo cómo molestaba a mi padre que le llamaran “minusválido” en vez de “discapacitado”. El primer término sugería para él una carencia, una falta de valía. El segundo, por el contrario, designa una condición, sin poner en entredicho el valor humano que nadie conocía mejor que él mismo. Probablemente esa fue una de las primeras experiencias que, siendo niña, me hicieron especialmente sensible al lenguaje.
Décadas más tarde, George Lakoff nos enseñó que las palabras activan marcos conceptuales que guían nuestro pensamiento. Aquí no se trata tanto de que la lengua limite lo que podemos percibir, sino de que cada palabra enmarca un debate en un terreno favorable o desfavorable. Hablar de “impuestos como carga” activa la idea de un lastre que debe aligerarse; en cambio, describirlos como “inversión en comunidad” abre la puerta a pensarlos como solidaridad. Lo mismo sucede con pro-life frente a pro-choice: ambos términos no describen tanto una posición, sino que orientan emocionalmente el campo de discusión.
Los ejemplos abundan. En Estados Unidos, el uso del término alien en lugar de migrant o immigrant no solo deshumaniza, sino que sugiere que quienes cruzan la frontera pertenecen a otro planeta: son ajenos, peligrosos, casi una amenaza biológica. Algo semejante ocurre con la elección entre “refugiado” y “desplazado”: el primero despierta empatía y cierta obligación moral, mientras que el segundo reduce la experiencia a un simple movimiento estadístico.
Y lo mismo sucede en España con la polémica terminológica impulsada por Vox: sustituir “violencia de género” por “violencia intrafamiliar” no es un gesto inocente. La primera expresión señala una violencia estructural, ligada a las relaciones de poder entre hombres y mujeres; la segunda la diluye en un marco doméstico genérico, como si las agresiones fueran simples conflictos privados, restando así visibilidad a la raíz machista del problema.
Por eso, más que nunca, necesitamos vigilar el lenguaje político. Porque cada palabra no solo nombra, sino que crea realidades, legitima marcos y establece los límites de lo que una sociedad entiende como justo o injusto, tolerable o intolerable.
El eco de “Departamento de Guerra” resuena más allá de la anécdota: evoca trincheras, enemigos, una nación en estado de alerta perpetua. No es un simple cambio semántico, sino una estrategia que transforma la forma en que concebimos al otro y al propio Estado.
La decisión de desplegar 2.200 efectivos de la Guardia Nacional en Washington D. C. es la confirmación tangible de esta lógica: no basta con militarizar el lenguaje, también se militariza la vida cotidiana.
El discurso prepara el terreno; las tropas lo ocupan. Y quizá ahí radique la advertencia de Umberto aquel día en clase: las palabras, también y sobre todo cuando se ponen al servicio del poder, no son inocentes.


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