Hace unas semanas, en la tertulia a la que suelo asistir en la Taberna del Alabardero, en el corazón de Washington D.C., se entregó el Premio Don Quijote de la tertulia a Teresa Nieves-Chinchilla, investigadora del Goddard Space Flight Center de la NASA. Teresa dirige el programa Moon to Mars Space Weather Analysis Office (M2M SWAO) y ha dedicado más de veinte años al estudio de los plasmas solares y de las estructuras magnéticas del viento solar.
Su currículum es impresionante, pero lo que más me conmovió aquella tarde de viernes no fue la lista de admirables logros, sino la historia que elaboró para explicarlos ante nuestra admiración. En su discurso de agradecimiento, Teresa recurrió a las leyes de la física para narrar su vida como expatriada en Estados Unidos. Usó la ciencia como metáfora de un viaje que aún la conduce en busca de un equilibrio entre pertenecer y constatar esa pertenencia.
Como la vida es siempre un juego de espejos, de regreso a casa, en mi Countryman azulado, encendí la radio intentando escapar del release radar de Spotify que mis hijos han moldeado con sus algoritmos adolescentes, y de repente sonaron las noticias sobre el nuevo alcalde de Nueva York, el joven Zohran Mamdani.
Esta cadena estaba reproduciendo fragmentos de una entrevista al alcalde de la gran ciudad después de su éxito aplastante. Poco tardé en quedar atrapada en su discurso, no tanto por su programa que inevitablemente se presenta como poco realista, sino por su manera de contarlo. Su relato, como el de Teresa, tenía esa fuerza magnética que hace que uno se sienta atraído por historias ajenas. Fue inevitable preguntarme qué tenían esas narrativas que me seducían tanto, por qué una historia, ya sea científica o política, consigue hacernos sentir parte de algo que no nos afecta directamente.
Decir que Mamdani ha llegado a la alcaldía de Nueva York por tener un plan económico impecable o revolucionario sería una falacia. Claramente ha sabido construir un relato que engancha. Su discurso no habla de estadísticas ni de macroeconomía. Habla de la vida cotidiana: del alquiler que asfixia, del metro que no llega, de la ciudad que se volvió inalcanzable para quienes la sostienen. Estamos ante una narrativa de la comunidad, una narrativa del “nosotros” frente a “ellos”. Un “sí se puede” indignado madrileño con acento neoyorquino. Se trata de una historia que convierte en personaje a los ciudadanos de a pie.
Hace unos años, Yuval Noah Harari escribió que los sapiens vencimos a otras especies humanas porque supimos inventar ficciones compartidas. Lo que nos hizo sobrevivir no fue la fuerza, sino la imaginación colectiva. Cuando un político logra contar una historia que millones repiten y hacen suya, no está haciendo otra cosa que activar esa capacidad evolutiva de creer juntos que nos define como grupo. Por eso Mamdani ha conectado, porque ha incluído en su discurso la épica de lo cotidiano.
Si nos fijamos en su relato, la retórica de Mamdani se construye sobre la inclusión y antagonismo moral, una combinación que da a sus discursos tanto calidez como urgencia. Recurre constantemente al pronombre “we” colectivo, el que sugiere lucha compartida: “We are the city that drives the trains, that cooks the meals, that keeps the lights on.” Esa inclusión retórica crea un lugar en el que cada oyente puede reconocerse. Pero toda inclusión necesita un adversario que la defina, y ahí Mamdani recurre a la estructura clásica del “us versus them”: “They said New York could not belong to the people who make it run — and we proved them wrong.”
Mamdani reivindica sabiamente su herencia ugandesa, india y musulmana, convirtiendo su biografía en una metáfora de la ciudad diversa e inclusiva. Utiliza metáforas visuales y cotidianas que transforman la política en escenas que se pueden imaginar: una casa, una puerta, una ciudad que despierta: “A house built by many and owned by few”, “a door we open together.”
¿Y ahora qué? Hablar de historias es solo el principio. Que este nuevo relato se transforme en hechos tangibles es otro asunto. ¿Puede Mamdani convertir sus palabras en cambio? ¿Podrá congelar el alquiler, hacer gratuitos los autobuses, reducir dramáticamente el coste de la vida en una ciudad tan compleja como Nueva York? La narrativa que ha construido le ha dado un cargo, pero gobernar es saltar de la narración a la acción, y ahí es donde el fantasma de la decepción siempre espera acechante.
Quizá todo vuelve al mismo punto: contar para existir. Escribir, narrar, hablar para gritar que estamos vivos. Teresa Nieves lo hace cuando traduce la física en una historia personal y Mamdani, por su parte, cuando convierte la gestión pública en un relato compartido. En ambos casos, la palabra sirve para construir pertenencia y sentido. Si Mamdani logra mantener viva esa historia de comunidad más allá de la campaña, quizá consiga algo más difícil que ganar una elección: gobernar sin perder el relato.


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