La literatura está llena de despedidas memorables. Eneas abandona una ciudad en llamas para perseguir un futuro incierto. Ulises deja atrás islas, guerras y tentaciones antes de regresar a Ítaca. Dante se despide de Virgilio a las puertas del Paraíso. Los héroes parten, pierden, regresan y descubren que ningún viaje permite volver exactamente al mismo lugar.
Lo que los clásicos omitieron es la logística: Ulises no tuvo que vender un sofá en Facebook Marketplace; Dante nunca tuvo que darse de baja de Verizon. Y que sepamos, Eneas tampoco canceló su membresía de Costco antes de embarcar rumbo a Italia. Sin embargo, cualquiera que haya cruzado un océano sabe que las grandes despedidas rara vez comienzan con una revelación filosófica. Empiezan rodeadas de cajas de cartón que, en apariencia, parecen intrascendentes.
Hay que vaciar armarios, clasificar recuerdos y decidir qué objetos merecen cruzar un océano y cuáles no. Después de años viviendo rodeados de cosas, uno descubre que la mudanza es, en realidad, un ejercicio de desapego. Quizá por eso los filósofos modernos hablan tanto del cansancio. Pero sospecho que nuestra época no sólo está agotada por producir más. También lo está por acumular más. Acumulamos objetos, compromisos, contactos, aplicaciones, suscripciones y, sin darnos cuenta, acabamos convirtiéndonos en guardianes de nuestras propias pertenencias.
Aristóteles decía que el movimiento es inherente a la vida. La literatura lo ha entendido desde siempre y la Odisea no es otra cosa que un viaje. El viaje del héroe consiste precisamente en abandonar un lugar, transformarse y regresar siendo otra persona. Todos los expatriados vivimos alguna versión de esa historia.
Cuando llegué a Estados Unidos tenía poco más de treinta años. Venía de pasar más de una década en Alemania, un periodo que entonces me había parecido larguísimo, casi una vida entera. Nunca habría imaginado que acabaría echando raíces durante trece años más al otro lado del Atlántico y que, a los cuarenta y seis, volvería a hacer las maletas para empezar de nuevo.
Trece años son mucho tiempo. El tiempo suficiente para celebrar trece Thanksgivings, trece Halloweens, trece Cinco de Mayo y trece Cuatros de Julio. El tiempo suficiente para que un país deje de ser un destino y se convierta en parte de tu biografía. Quizá por eso me gusta que la mudanza ocurra el 5 de julio. Me quedaré un día más para celebrar, por decimotercera vez, el cumpleaños de un país al que tanto tengo que agradecer.
Me llevo miles de recuerdos y una certeza: la mujer que soy hoy no existiría sin este país. Aquí vi nacer a uno de mis hijos y crecer a los tres. Desarrollé mi carrera académica y escribí algunos libros. Aquí encontré amigos entrañables, compañeros de universidad y hasta una tertulia política que hizo más interesantes mis semanas. Aquí aprendí que se puede empezar de nuevo más veces de las que uno imagina y que la reinvención no tiene fecha de caducidad.
También encontré algo que los expatriados buscamos sin saberlo: una comunidad. Personas que me acogieron cuando todo era nuevo, que me ayudaron cuando las cosas se complicaron y que terminaron convirtiéndose en parte indispensable de mi vida. Si algo he aprendido en estos años es que el hogar no es únicamente un lugar. Es también la gente que hace que un lugar se sienta como tal.
Esta despedida no es para mí un final. Se parece más a uno de esos cambios de capítulo que la vida introduce sin pedir permiso. Mientras dejo atrás mi etapa en GWU, comienzo una nueva aventura en IE. Mientras Lo que no te pertenece termina su recorrido, Azúcar empieza a tomar forma. Y mientras cierro una vida organizada alrededor de Washington, empiezo a imaginar otra en Madrid.
No sé todavía cómo será ese regreso ni qué sentiré al reencontrarme con las calles que recuerdo, con los lugares que abandoné o con la versión de mí misma que un día se marchó. Los estudios sobre migración hablan a menudo de esa extraña sensación de volver a casa convertido, en cierta medida, en visitante. Después de tantos años fuera, el país ha cambiado, pero uno también. Probablemente regresar nunca consiste en recuperar una vida anterior, sino en empezar una nueva conversación con ella.
Pero tengo ganas de volver. De reencontrarme con los amigos que han seguido ahí a pesar de la distancia, de compartir más tiempo con mi familia y de recuperar conversaciones que el océano y los años fueron posponiendo. Y, al mismo tiempo, tengo ganas de lo contrario: de aquello que todavía no existe.
Porque toda mudanza es también una apuesta por lo desconocido. Hay proyectos que aún no han empezado, amistades que todavía no existen y experiencias que ni siquiera puedo imaginar. Al otro lado del océano me esperan ilusiones emergentes que, probablemente, volverán a cambiarme. Al fin y al cabo, esa ha sido siempre la recompensa de cada viaje.
Gracias a todas las personas que me acogieron, me apoyaron y me acompañaron durante estos trece años en este precioso país. Dejo atrás amigos entrañables, compañeros de universidad, vecinos, estudiantes y conversaciones que recordaré siempre. Ellos han hecho de Estados Unidos mucho más que un lugar donde vivir. Lo han convertido en un hogar.
Quizá los clásicos tenían razón. Ningún viaje permite volver exactamente al mismo lugar. Ni siquiera cuando uno regresa a casa.


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