Hablar con Hache

Alexa, ¿qué día es hoy?

Somos lo que recordamos, somos historia. Los sucesos que nos acontecen durante la vida forman parte de nosotros. Olvidarlos nos aniquila. 

El mismo año que Will Thompson nació, el presidente Harry Truman firmó el celebrado Plan Marshall; Albert, el primer mono astronauta, fue lanzado al espacio desde Nuevo México y Estados Unidos reconoció a Israel como país. Bien conocía Will estos hechos, amante de la historia como era. Licenciado en ingeniería eléctrica por Standford en 1969, algo más que tres décadas después de que lo hicieran los legendarios Bill Hewlett y David Packard, el joven ingeniero se unió a la empresa que habían fundado éstos en un garaje de Palo Alto. 

Hewlett Packard se convirtió para siempre en su casa, donde trabajó hasta la edad de sesenta y seis años. Cuatro décadas colmadas de importantes éxitos: el lanzamiento de la primera calculadora científica, la HP-35, en 1972; la primera computadora personal, la Touchscreen 150, en 1983, la fascinante impresora Laser Jet en 1984,  seguida por un sin fin de etcéteras.  

Estos éxitos fueron siempre inmortalizados en las portadas de la revista Scientific American junto a la amplia sonrisa del orgulloso Mister Thompson. A cada portada le seguía una celebración en uno de los bares vecinos con sus compañeros y sus jóvenes asistentes. Las fiestas repetían un guión casi idéntico: copas de vino de las bodegas Charles Krug, prohibidos cohibas, halagos continuos que no hacían más que alimentar el sano ego del exitoso Will. 

Esta época dorada se extendió en el tiempo en ausencia de altibajos profesionales. Toda su carrera se dibujaba como una línea constante y ascendente hacia la cima del éxito. Sin embargo, en los últimos años, su estado anímico sufrió un gran deterioro. En un primer momento Will lo achacó a las largas noches en el laboratorio o a las vacaciones olvidadas. Cuando la memoria empezó a fallarle más frecuentemente, Will quiso convencerse de que se trataba de un déficit de atención acentuado por la edad. Sin embargo, un día como cualquiera de noviembre, tuvo que confrontar la realidad en la consulta de su amigo de la infancia y neurólogo Tim Cheng. La realidad: Mister Thompson era una nueva víctima de la epidemia silenciosa del siglo veintiuno y se encontraba en un estadio relativamente avanzado de alzhéimer.

Después de la noticia todo comenzó a escaparse de sus manos, aquella adquisición salió mal y él fue el único responsable. Sabía que podría llevar a la ruina a su empresa, la que había hecho tanto por él. Era la hora de una retirada valiente, un gracias, un hasta siempre. 

El doce de enero de 2014, Meghan, su eficaz asistente, organizó una emotiva fiesta de despedida para agradecer su labor. Desgraciadamente, lo que pretendía ser un gesto de agradecimiento y amistad terminó en pesadilla para Will. Ya no recordaba aquellas caras, ni las experiencias vividas que sus compañeros evocaban entre risas y copas de Cabernet Sauvignon. Cada “¿recuerdas cuando…?” se convertía en una amenaza hiriente para Will. Sin fuerzas para soportarlo por mucho más tiempo, el entristecido ingeniero decidió fingir una dolencia estomacal para salir de allí, para siempre, con la esperanza y certeza de olvidar aquello pronto. 

Ahora en casa tenía tiempo para pensar. El trabajo le había ocupado gran parte de su vida, algo que su mujer no pudo soportar. Hacía ya más de una década desde que Julie, el amor de su vida, le pidió el divorcio tan sólo un mes después de que Billy se fuera a la universidad. Aunque Will la quería, su profunda pereza para las demostraciones sentimentales le impidió luchar por ella. 

El hijo único de los Thompson no vivía lejos. Tras unos años como cirujano plástico en Miami, Billy decidió volver a Palo Alto. La humedad en Florida era insoportable y, además, sabía que el gusto de los habitantes del Silicon Valley por el botox podría hacer próspero su negocio. Decidió entonces abrir una clínica estética en la concurrida y exquisita University Avenue. 

Después de la inesperada jubilación de Will, Billy comenzó a visitarlo más asiduamente. Sentía una curiosidad casi infantil por conocer a aquel extraño hombre al que llamaba padre. Eran pocos los recuerdos, alguna que otra Super bowl comiendo alitas de pollo con Buffalo sauce; algún que otro paseo por Rancho San Antonio, el  pavo que Will calcinó aquel día de Acción de Gracias…

Will tenía un buen carácter, le encantaba gastar bromas e ironizar sobre su débil capacidad matemática frente a los artefactos que él creaba. Además no era un ingeniero típico. Sentía pasión por la historia y más concretamente por la memorización de sucesos ocurridos. 1950: comienza la Guerra de Corea; 1961: Ghana obtiene su independencia del Reino Unido; 1974: dimisión de Richard Nixon por el caso Watergate; 1990: liberación de Nelson Mandela. Nada de estos sucesos habían acontecido en la desgastada memoria del hombre que ahora era. A Billy le entristecía verle sentado tomando notas en su iPhone con la esperanza de retrasar lo irremediable. 

Era el 2014, el año en que Amazon dio a luz su espontáneo dispositivo Echo, conocido como Alexa. Billy fue uno de los primeros en hacerse con él. No tardó en dilucidar los beneficios que este dispositivo podría tener para la enfermedad de su padre. Le aterraba la idea que dejara el horno encendido, la llave del agua abierta, que olvidara su medicina o algo peor. Will lo aceptó con melancolía y se dejó aleccionar dócilmente por su hijo sobre las habilidades infinitas del dispositivo. 

―Mira papá, te voy a conectar este dispositivo a todos los enchufes de la casa. Alexa es inteligente, bueno, artificialmente inteligente quiero decir. Cada noche a las nueve se apagarán las luces y los electrodomésticos. Pero, además, podrás encenderlos desde tu teléfono o incluso con un mensaje de voz. Mira, di “Alexa enciende la luz de la cocina”

―Enciende la luz de la cocina.

―No, tienes que decir Alexa primero.

―Alexa primero.

―Papá, ¿te estás quedando conmigo?

―Pues claro hijo, solo me queda el humor. 

―Vale, además tienes lo del calendario.

―¿El calendario?

― Sí, podemos sincronizar tu calendario con Alexa y ella te avisará de las citas que tengas cada día.

―Eso sí que me parece útil ahora que ya no cuento con Meghan. 

―Hecho. Pregúntale qué tienes hoy en tu agenda.

―Alexa, ¿qué tengo en mi agenda para hoy?

―Hoy tienes revisión con el dentista a las cinco de la tarde.

― ¿Qué te parece papá?

― Magnífico.

― Esto no es todo. Si necesitas hacer la compra, le dices a Alexa lo que necesitas y ella lo encargará directamente a Amazon. Y ahora viene lo mejor…

―Sorpréndeme.

―Puedes preguntarle todo lo que quieras, ¿qué día es hoy?, ¿quién es el presidente de los Estados Unidos?; en fin, lo que quieras.

―Gracias hijo, de veras te agradezco tu ayuda, son momentos duros, no voy a negarlo, pero creo que puedo valerme por mí mismo.   

―Lo sé papá, te veo el fin de semana.

―Aquí estaré.

Cuando su hijo se marchó, Will sintió una incomodidad inexplicable. Sentía que no estaba solo, que Alexa lo observaba desde la estantería. Pensaba que era injusto que algo nacido tan sólo unos meses contara con más memoria que él. En la oscuridad de la noche este pensamiento le avergonzaba. ¿Cómo podía compararse con un dispositivo electrónico? Las calculadoras fabricadas por Hewlett Packard poseían más habilidades matemáticas, pero esto era diferente. Will no las necesitaba y por tanto no las envidiaba. Sin embargo, Alexa poseía lo que él perdía día a día: la memoria. Solo el que tiene una enfermedad crónica puede entender la envidia que Will sentía. Él, cosechador de grandes éxitos, dependía ahora de que una intrusa le apagara el horno o le recordara una fecha. Su presencia le hacía sentir más mortal. 

Sin hacer uso de ella, Will apagó las luces del primer piso y subió a su cuarto a descansar. Antes de acostarse se preguntó si había tomado las pastilla de la tensión. Por miedo a sobremedicarse y sin poder recordarlo decidió no hacerlo. Al día siguiente, en medio de una crisis hipertensiva, el desgastado Will averiguó en google cómo crear una alarma en el nuevo dispositivo para recordar su medicina. Sintió un gran alivio.

Después de una rutinaria rinoplastia Billy se sentía exhausto. Antes de llegar a casa pasó por In-N-Out y pidió una hamburguesa doble para llevar. Pocos minutos más tarde, sentado delante del manual de instrucciones de Alexa, descubrió una nueva funcionalidad. Alexa no sólo podía responder a preguntas generales, también era capaz de aprender una historia personal. Billy se preparó una cafetera del Starbucks french dark y comenzó a instruir a Alexa. Lo primero fue la fecha de nacimiento de su padre, el nombre de sus antepasados, la noche que conoció a Julie, el día que recibió el premio de la cámara de comercio, su ascenso como directivo, sus viajes por Europa, el nombre de cada una de sus secretarias, sus relaciones no siempre profesionales, su color favorito… la noche parecía interminable.

―Hola papá, ¿qué tal pasaste la semana?

―Pues la verdad que muy bien, por fin tengo algo de tiempo para leer y arreglar este maldito garaje lleno de trastos. Oye, ¿y esa cara que traes?

―Ayer tuve una noche larga la verdad.

―¡Qué suerte hijo, ojalá pudiera yo repetir una de esas noches!, ¿la chica merece la pena?

―¿Qué chica? 

―¿Pues quién va a ser?, la de la noche larga.

―Ah sí, claro, la chica… sí, es muy guapa.

―Oye papá, pregúntale algo a Alexa

―¿Qué quieres que le pregunte? Ya sé que es miércoles 26 de enero. Me lo ha dicho ya cuatro veces y que ayer las acciones de Amazon subieron disparadas. 

―Papá, no voy a poder visitarte los próximos seis meses. Voy a trabajar como profesor visitante en la universidad de Utah durante el trimestre de primavera. Necesito refrescar mis conocimientos, aprender técnicas nuevas, intercambiar impresiones con otros profesionales.

―Y ya de paso buscarte una novia decente hijo, y no una desas cincuentonas separadas del Silicon Valley que quieren al cirujano plástico en la propia cama.

―Sí papá, ya de paso a ver si me busco a una.

―Nos vemos en verano.

―Nos vemos hijo. Diviértete.

Si Billy hubiera imaginado el rápido deterioro que sufriría su padre, nunca se hubiera marchado. En poco más de cuatro meses, Will sufrió un desgaste casi total de su funcionamiento cognitivo. Consciente de su empeoramiento y como consecuencia de su carácter persistente, Will se sentaba junto a Alexa todas las mañanas y daba un repaso a su historia personal. Le preguntaba el nombre de sus padres, sus apellidos, la dirección de su casa. A la pérdida de memoria le siguió un estado de agitación, de miedo y finalmente de dependencia. Alexa no era portátil y abandonar la casa sin ella le parecía algo peligroso. ¿Y si no supiera volver? 

―Alexa, ¿qué día es hoy?

―Hoy es miércoles, 20 de junio.

Los días empezaron a confundirse, sus recuerdos se borraban y su vida se desvanecía. Nada quedaba de su humor, de su visión irónica de la vida. El lenguaje se convirtió en mera indagación de experiencias olvidadas y Alexa en su única compañía. Llegó el mes de agosto y con él la vuelta de su hijo. Sentado en su sillón, con la inquietud y excitación de un niño que espera despierto en la Noche de Reyes, Will aguardaba sentado la llegada de Billy. De repente, se oyó el crujido de una oxidada bisagra. Un hombre alto y joven abrió la puerta de su casa, se le acercó e intentó abrazarlo. Asustado, creyéndose víctima de un asalto, Will se dirigió hacia Alexa y le preguntó asustado: 

―Alexa, ¿quién es este hombre?

La mortalidad del hombre justifica su memoria. Cuando no recordamos, nada existe, nada ha existido.

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