Hablar con Hache

El calendario de Adviento y nuestra necesidad humana de organizar la espera.

Esta mañana mi hija Carla abrió la ventanita número 9 de su calendario de Adviento. Todavía tenía el pelo alborotado y caminaba arrastrando las zapatillas, ese sonido suave que hacen los niños cuando tienen prisa pero no del todo. Es toda una tradición en mi casa: empieza con la elección del calendario personalizado para cada niño y termina, inevitablemente, con el descontrol del chocolate matutino en unas fechas donde las rutinas saludables quedan suspendidas en un abismo de felicidad.

Siempre me ha gustado observar cómo viven mis hijos este pequeño ritual: la emoción contenida, la prisa por descubrir el tesoro del día, la sensación de que la vida se vuelve más amable cuando podemos contar hacia atrás. Para ellos , como para nosotros, la espera es dulce cuando tiene un final a la vista.

Mientras ella celebraba su descubrimiento, pensé en algo que parece una tontería pero que probablemente nos pasa a todos: la necesidad humana de saber cuánto falta para algo. No sé cómo lleváis vosotros la espera; yo, la verdad, puedo esperar sin problema. Lo que me descoloca es no poder medirla. Simone Weil, una de mis filósofas favoritas por su mezcla de inteligencia, valentía y sentido de la justicia social, lo dijo mejor que nadie: “La espera es el sufrimiento más puro porque no depende de nosotros.” La falta de control, ese limbo en el que el futuro no se acerca ni se aleja, agota.

Durante siglos, el tiempo fue algo orgánico: la luz que mengua, el agua que cae, el aceite que se consume, las estaciones que llegan cuando les da la gana. Nadie controlaba nada; quizá por eso la incertidumbre era más tolerable. Pero con la Revolución Industrial llegaron los relojes públicos, los turnos, las fábricas que exigían puntualidad quirúrgica. El tiempo dejó de ser una experiencia y comenzó a ser un sistema. Y ahí nació esta obsesión por saber exactamente cuánto falta, no porque nos importe el destino, sino porque la precisión nos calma. Es curioso: no queremos saber dónde estamos, sino cuánta distancia nos separa del final.

Después vino la modernidad con todas sus ansiedades sofisticadas: la carrera espacial, la televisión en directo, la épica tecnológica. Nietzsche lo vio venir con una claridad casi incómoda: “El peor enemigo de la felicidad humana es la prolongación de lo inconcluso.” Y tenía razón. Cuando algo no termina , cuando la conversación pendiente se alarga, cuando el diagnóstico no llega, cuando la decisión se aplaza indefinidamente, empezamos a desgastarnos por dentro. Y si nuestra espera afecta a otros, terminamos perdiéndolos para siempre.

De ese desgaste nació uno de los rituales más extraños y maravillosos del siglo XX: el conteo regresivo. Hoy lo escuchamos sin pensar, pero es invento reciente. Surgió en la NASA, cuando los ingenieros buscaban un lenguaje común para coordinar a todo el mundo antes de un lanzamiento. T-50 seconds, T-40, T-10… ignition. Y lo que empezó siendo un protocolo técnico acabó convirtiéndose en una ceremonia colectiva. Millones de personas unidas por un “ten, nine, eight…”, como si contar hacia atrás nos permitiera agarrar el futuro por las solapas. Era, y sigue siendo, una manera de domesticar el vértigo.

Esto me llevó también a Pensar en los largos meses preparando maratones con mi amigo Gustavo. Gustavo y yo nunca hablábamos de lo que ya llevábamos recorrido, sino de lo que faltaba. Bueno, de eso y de todo lo que me pasaba por la cabeza ante su bondadosa paciencia. Doce kilómetros, diez, cinco… El cuerpo entiende mejor la resta que la suma. Descubrí que un maratón se sostiene precisamente porque puede transformarse en una cuenta atrás. Cada paso resta, no suma. A veces aún recuerdo la sensación del último kilómetro: ese impulso visceral de saber que lo difícil ya está hecho, que la meta existe, que no es una metáfora. Por eso tantos corredores lloran al final: no por el esfuerzo, sino por la liberación.

Volviendo al calendario de Adviento, pienso que quizá nos reconforta precisamente por eso. Los primeros cristianos vivían este tiempo como una preparación interior, sin números ni chocolatinas. Nosotros, hijos del reloj, de las fábricas, de la NASA y de nuestras propias neurosis, lo vivimos como un alivio diario: abrir una ventanita y saber que queda una menos. No es el chocolate lo que nos calma, aunque en mi caso ayuda; es la posibilidad de medir lo que la vida normalmente nos lanza a ciegas.

Y si llevo esta reflexión a lo personal, que es donde todo acaba inevitablemente aterrizando, diría que muchas veces no es el final lo que tememos, sino la espera sin forma. Hay decisiones que duelen menos cuando se toman que cuando se aplazan indefinidamente. La incertidumbre encoge la vida, la estira en un lugar incómodo. En cambio, un cierre , aunque sea imperfecto, devuelve un poco de calma, una sensación de suelo.

Al final, creo que se trata de aprender a darle forma al tiempo antes de que la espera nos devore. De no confundir el suspenso con la vida real. De recordar, mientras abrimos cada ventanita del calendario, que la esperanza, cuando se puede contar, pesa un poco menos. El poder decir que hoy quedan quince días para la Navidad nos coloca, aunque sea un instante, del lado luminoso del tiempo. Feliz Navidad a todos.

Comentarios

1 Comentario

  1. Joseph Smith

    Esta historia fue, para mí, en última instancia, sobre el tiempo y el momento oportuno.
    Tiempo — Al comenzar a leer la entrada, me di cuenta de que este año había empezado a usar un calendario de Adviento por primera vez en muchos años. De pequeño, mis padres siempre tenían uno en casa, y era algo que compartíamos como familia. Cada día traía consigo una pequeña anticipación, su propio significado y una sensación de progreso ligada al paso del tiempo mismo.
    Lo que inmediatamente me llamó la atención fue la reflexión sobre el tiempo y cómo nosotros, como personas, nos relacionamos con él, especialmente cuando se trata de esperar. Para alguien que admite fácilmente tener dificultades con el TDA y otros retos relacionados con la atención, la paciencia y la espera nunca me han resultado sencillas. El tiempo siempre me ha parecido difícil de gestionar y, en ocasiones, incluso opresivo.
    Veo reflejos de esto también en mi hijo. Él valora profundamente el tiempo y busca claridad en torno a él: qué se le está pidiendo de su tiempo, cuándo ocurrirá, cuánto durará y de qué manera. En el ámbito militar, el tiempo es central para casi todo lo que hacemos: operaciones, reportes, planificación y ejecución. Vivimos guiados por cuentas regresivas —medidas en semanas, días, horas y minutos— donde el tiempo es a la vez una limitación y una herramienta.
    Momento oportuno — El domingo 7 de diciembre, mientras cambiaba los canales de la tele, me encontré con un segmento sobre la historia de los relojes suizos y lo que les otorga un valor tan duradero. La historia nos recuerda que el 7 de diciembre de 1.941 marca el ataque a Pearl Harbor, el acontecimiento que llevó a la entrada oficial de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Para mi familia, esa fecha tiene un significado adicional: fue el día en que el tío de mi madre, Andrew Hamilton, sobrevivió al ataque aquella fatídica mañana de domingo.
    Dos días después —coincidiendo con el cumpleaños de mi hermana Azucena— leí esta entrada. Me impresionó la eficacia con la que el autor logra atraer al lector, tanto a nivel personal como profesional. Me llevó a reflexionar sobre la naturaleza del tiempo, cómo lo procesamos y cómo el momento en que ocurren los acontecimientos —aparentemente no relacionados— puede entrecruzarse de maneras poderosas e inesperadas.
    En ese instante, estas dos experiencias tan distintas chocaron en mi mundo, reforzando cuán profundamente el tiempo y el momento oportuno dan forma a nuestras vidas, a nuestros recuerdos y a nuestra comprensión del significado.

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