El saber no ocupa lugar es una frase que escuchaba frecuentemente cuando era niña en boca de mis padres, profesores y otros amigos que por su ventaja generacional creían necesario compartirla.
Durante mucho tiempo estuve de acuerdo, porque mi mente y, sobre todo mi memoria, eran un pozo sin fondo. Con 19 años era capaz de memorizar los versos del Romancero anónimo para impresionar a mi profesor de Edad Media, el prestigioso poeta Eloy Sánchez Rosillo al que tanto admiro, traducir mentalmente un fragmento de Virgilio para la clase de latín, recordar en orden cronológico las variantes del castellano en dialectología incluyendo la del asturiano leonés y, al mismo tiempo, saberme de memoria los teléfonos fijos de todas mis amigas, sus cumpleaños, los nombres de las calles de las discotecas que más nos gustaban y, por supuesto, dejaba algo de tiempo para memorizar las primeras veinte tarjetas del trivial (estratégicamente colocadas) para vencer a mi hermana cuando se diese la oportunidad.
El saber no ocupaba lugar… hasta que empezó a ocuparlo y mi cerebro necesitó más tiempo hasta llegar a los “datos” que estaba buscando porque la base que los contenía era mucho más grande.
Recuerdo el relato de Borges Funes el memorioso. Bueno, en realidad lo tuve que releer para escribir este post porque me había olvidado parcialmente.
Funes el memorioso no es de los relatos más conocidos de Borges, quizá uno de los menos nombrados pero cuando lo leí sentí un profundo desasosiego, como muchas otras veces después de leer a este escritor argentino.
Funes es un hombre que muere porque lo recuerda todo. El saber no ocupaba nunca lugar y era capaz de retener cada detalle, cada fecha, cada nombre, cada verso… . «Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos». En principio podría parecer interesante… pero si lo vemos con perspectiva… puede convertirse en un horror. A Funes le era imposible dormir, porque dormir significaba para él «distraerse del mundo».
Digamos que la memoria de Funes no era selectiva como la nuestra y recordaba desde lo más importante hasta lo más nimio. Más allá de la ficción y de esta visión metafísica borgiana, ¿pensamos que nuestra memoria es selectiva o por el contrario aleatoria?, ¿recuerda ésta lo vinculado únicamente con la emoción? Quizá un experto en la materia podría explicarlo fácilmente. Recuerdo por ejemplo el primer apellido de la lista de mi clase de tercer grado. Se llamaba Albadalejo Sánchez y, sin embargo, no recuerdo la primera palabra que dijo mi tercera hija. Quiero pensar que fue mamá, aunque no lo merezca por mi falta de atención.
A lo largo de la historia el hombre se ha empeñado en recoger, aprehender por escrito con afán compilador todo lo que vive y siente… o quizá, mejor dicho, lo que pudo haber sentido. Desde Homero hasta Borges… escribir para recordar. Y hoy nos hacemos fotos para recordar el lugar que visitamos, la comida que comimos y, probablemente más, la persona que éramos cuando tomamos esa foto.
Porque en realidad olvidamos quienes éramos cuando dimos aquel primer beso.. que yo misma ni siquiera recuerdo. Y cuando vemos fotos nuestras del pasado nos preguntamos quiénes éramos, qué sentíamos, qué nos llevó a aquellas opciones que tomamos.
El saber sí ocupa lugar. Cuanto más vivimos, más llenamos nuestra memoria, quien de manera autoritaria, decide qué merece ser recordado. Me inquieta muchísimo no recordar versos, nombres de canciones, fechas de publicación de obras maestras, pero al menos me queda la tranquilidad de haberlas disfrutado en algún momento de mi vida. El saber, aunque no se recuerde, produce placer. Sigamos diciendo esa frase algo imprecisa pero valiosa a las futuras generaciones.


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