La creencia liberal en la libre elección del individuo es, aunque nos sorprenda, relativamente moderna. Durante siglos, las sociedades desde la Antigüedad clásica hasta el Cristianismo creyeron que la historia y el individuo se desarrollaban de acuerdo a un plan divino establecido sobre el cual el hombre tenía poco o ningún control. Incluso ya avanzada la Edad Media, los gobiernos y las continuas guerras se justificaban “en el nombre de Dios”
La ausencia de responsabilidad individual pervivió bien entrado el siglo XVII en Inglaterra hasta que el padre intelectual del liberalismo, John Locke, refutó estas ideas a favor de la libertad individual. A partir de este momento todo es historia: Con la revolución francesa, la independencia estadounidense y los procesos independentistas latinoamericanos surgieron conceptos fundamentales como el libre mercado o la creencia que un gobierno legítimo no podía tener una base sobrenatural como tampoco el destino de cada individuo.
El liberalismo entiende en política que el votante es el que mejor sabe a quién vota, en la economía que el cliente siempre tiene la razón y en los asuntos personales esta ideología alienta al individuo a escuchar y seguir su corazón mientras eso no implique coartar la libertad ajena.
Es curioso que cuando escuchamos el término “liberal” solemos asociarlo a la ideología progresista, olvidándonos que el liberalismo es un término mucho más amplio y significativo. Políticos conservadores como Ronald Reagan o Margaret Thatcher fueron los mayores liberales que apostaron por un mínimo de gobierno y un máximo de individuo. Pero no es este el tema que nos ocupa. Volvamos ahora a la sociedad regida “en el nombre del yo”.
Durante los últimos trescientos años, el ser humano aprendió a escuchar su voz. Las sociedades modernas consiguieron organizarse en torno a un sistema llamado democracia que escucha la voz de cada individuo y representa su voluntad. Este proceso no estuvo libre de retos. Algunas voces fueron más fuertes y mejor escuchadas que otras. Así, movimientos discriminatorios, racistas, misóginos, clasistas, impidieron y todavía impiden el desarrollo pleno de la sociedad en su conjunto. Hoy, sin bien no es perfecta, nuestra sociedad es más justa, más inclusiva y más diversa que nunca gracias a la responsabilidad individual.
Pero aquí viene la noticia de este post: La autoridad del yo no vino para quedarse. Todo lo que sube cae. Y si cayó el Imperio Romano, ¿cómo no iba a caer esta sociedad regida en el nombre del yo?
El famoso autor de Sapiens, Yuval Noah Harari, cuyo nombre quedó eclipsado por el famoso libro publicado en el 2011, escribió pocos años más tarde sus 21 Lessons for the 21st Century. A modo de ensayos independientes, reflexiona sobre diferentes temas de actualidad, entre ellos sobre el cambio de autoridad que la sociedad ha experimentado desde el yo hasta lo que él denomina “la autoridad del algoritmo”. Si el pobre Hayek levantara la cabeza…
La visión del autor, que yo comparto, es una visión muy positiva hacia este cambio de autoridad porque considera que, frente a aquellos que temen a la inteligencia artificial, es mucho más amenazante la “estupidez humana”.
Efectivamente, es una falacia pensar que el ser humano puede conocerse a sí mismo mejor que un algoritmo. Si nos preguntan cómo nos sentimos físicamente hoy, nuestra percepción inocente puede llevarnos a responder “como un roble”. Sin embargo, en el año 2050, gracias a los sensores biométricos y el Big Data algorithms, que no entienden de inocente optimismo, seremos capaces de precisar: “como un roble hoy, pero tengo un 75% de desarrollar diabetes o cáncer en los próximos 5 años. Debo empezar con un tratamiento preventivo”.
En el contexto de la toma de decisiones personales como la inclinación sexual, un algoritmo puede ser de gran ayuda. En un futuro muy próximo, y a través de fotografías de hombres y mujeres se podrá analizar nuestros movimientos de ojos, nuestra presión sanguínea y actividad cerebral para dilucidar nuestra tendencia. La decisión de salir o no del armario será tomada mucho más fácilmente por un sistema que no entiende de moral ni estereotipos sociales.
Lo mismo pasará a la hora de decidir qué carrera estudiar o a qué trabajo postularse a partir de datos científicos que van más allá de nuestras inseguridades, presiones familiares o sociales. En esta nueva sociedad el pobre Hamlet lo hubiera tenido mucho más fácil. Sí, “to be” era la decisión correcta.
Y hablando de moral… Yo prefiero que las personas que conducen a mi alrededor tomen decisiones basadas en unos algoritmos que reúnen las habilidades técnicas de Michael Schumacher y morales de Kant, más que aquellas basadas en su “humana estupidez”. ¿Que el coche autopilotado no tiene moral humana? ¡Qué tranquilidad!
Y ahora toca hablar de lo negativo de este cambio de autoridad del yo al algoritmo que Harari tampoco olvida en su estudio. Está claro que las democracias se están viendo afectadas por la polarización política y la manipulación de la información. Las estrategias geopolíticas están haciendo un uso nocivo de esta autoridad y claramente vivimos estas consecuencias, como las interferencias de Putin en procesos democráticos ajenos. Sin embargo, hoy mismo leí un artículo que da tranquilidad al respecto. Al parecer, el ex presidente Dmitry Medvedev y actual vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia ha amenazado a la empresa de telecomunicaciones rusa Yandex porque su “modelo de lenguaje” está fallando en dar respuestas coherentes a la “narrativa prorusa”. Parece que los algoritmos no tienen miedo de Putin y su sistema brutalmente opresivo.
Lo que quiero decir es que los algoritmos no son corruptos ni responden a ansias de poder. Deberíamos dejar de preocuparnos por la inteligencia artificial y pensar que esta puede estar libre de sesgos, de objetivos de manipulación o de falsa moral. Quizá será más fácil llegar a una verdad “objetiva y basada en datos» frente a esa verdad individual sesgada que nos ha regido por miles de años. El proceso será difícil como cada cambio lo es, pero hasta ahora cada invento humano ha supuesto un progreso. El algoritmo no necesita ser perfecto, simplemente mejor que el promedio humano y eso es probablemente bastante fácil.


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