No podía, o mejor dicho, no estaba dispuesto a soportarlo una noche más. Desde su llegada a aquel apartamento en Coral Gables, Michael no había conseguido descansar lo que anhelaba. Su repentino traslado desde Nueva York le obligó a buscar una vivienda precipitadamente, y terminó alquilando un lugar amueblado cerca de la Miracle Mile. El apartamento era bastante luminoso, aunque luz no era precisamente de lo que careciera la ciudad. Los muebles parecían nuevos y el colchón aún contaba con el embalaje de plástico de Ikea. Recordaba el nombre perfectamente: Haugsvär plush de dimensiones 150 x 200 cm. “Malditos suecos”, repetiría años más tarde en las largas horas cosechadas de vigilia.
Desde la primera noche, y a pesar del cansancio acumulado por la mudanza y las despedidas interminables con los compañeros de la oficina, Michael notó que el colchón era demasiado blando para su pesado cuerpo. Habían pasado desde entonces cuatro años y cinco meses, mil seiscientas trece noches de molestias, vueltas y vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Pero aquel 28 de junio decidió por fin visitar una tienda de colchones aprovechando las ofertas del verano. Antes de pedir un Uber, paró en Crema, su cafetería preferida situada en los soportales del Hotel Colonnade para tomarse uno de esos cafés de máquina que tanto le gustaban. Lo quería para llevar, no soportaba ver esas caras sonrientes, descansadas, felices. En concreto, aquella pareja ya madura de tortolitos mirándose como si acabaran de encontrarse en sus vidas, le producía una aguda aversión, detestaba compartir rutina con ellos.
Con un cafe latte con doble espresso en la mano, Michael subió al Honda Civic blanco que le esperaba puntualmente con destino a Matress Firm en la Dixie Hwy al sur de la ciudad. Nada más entrar en el establecimiento sintió un profundo alivio; la humedad de Miami en esos meses de verano era insoportable. Se acercó tímidamente al mostrador central, donde una chica joven parecía estar ocupada con su teléfono. Michael empezó a impacientarse después de unos minutos sin que Julia, así ponía en su placa, no se hubiera siquiera percatado de su presencia. Estuvo a punto de decir algo, pero pensó que si había sido capaz de aguantar mil seiscientas trece noches sin dormir, probablemente podía dejar a esta chica terminar con lo que estuviera haciendo.
Sin atisbo de sorpresa y con una carencia absoluta de reparo por haber estado usando su teléfono mientras el cliente esperaba, Julia le preguntó cómo podía ayudarle. Tenía un claro acento latinoamericano, pero hablaba un inglés bastante decente. En cierto modo, Michael se avergonzaba de no hablar algo de español viviendo casi cinco años en una zona de alta densidad de población latinoamericana, donde el inglés apenas se escucha.
Antes de que pudiera darse cuenta, Julia le había traído una funda de almohada para probar todos los colchones que quisiera, no sin antes describir las extraordinarias ofertas del fin de semana. Y si pagara al contado… bueno, en ese caso incluso podría ajustar el precio.
Michael no podía contenerse más. Caminando de espaldas mientras fingía escuchar las palabras de aquella desconocida, se dirigió a la zona donde se encontraban los colchones extra firmes señalados con un letrero luminoso. Como si de un ritual espiritual se tratase, se sentó de lado, respiró profundamente y ladeó su cabeza hasta apoyarla sobre la funda que Julia le había colocado sobre la almohada. ¿Cuántas cabezas se habrían posado allí antes de la suya? No le importaba, no era nada pudoroso. La pandemia había llevado a la gente al ridículo extremo.
A la cabeza le siguió el lento pero progresivo contacto de su espina dorsal con el ajeno colchón, tan nuevo, tan diferente, tan confortante. Después se unieron las piernas. Se sentía un poco tenso, especialmente cuando advirtió la mirada de Julia que le sonreía en busca de respuestas.
一¿Le gusta?一se precipitó a decir.
一 Pues no puedo decírselo, necesito más tiempo para decidir si quiero compartir los próximos años con él.
一Bueno, ni que fuera una boda 一añadió divertida la dependienta.
一Créame lo que le digo. Llevo cinco años sin pegar ojo.
Michael se alegró de la entrada de otros clientes y la consecuente desatención de Julia. Necesitaba estar a solas, cerrar sus ojos e imaginar una vida con ese colchón. Buscó la etiqueta con la descripción. Se llamaba Helix, bonito nombre, pensó. Un colchón híbrido con resorte interior, espirales embolsadas individuales para aislamiento de movimiento y sueño fresco. Tanto tiempo anhelando aquella promesa…
Le gustaba. Era extraño, ajeno, pero gratamente cómodo. Acarició lentamente la superficie con la palma de su mano. El tacto le era desconocido, nada familiar, pero se sentía gratamente atractivo. No era el olor al que estaba acostumbrado durante años en la intimidad de la noche, olía diferente, fresco, quizá algo químico. Sintió un escalofrío por todo su cuerpo y no pudo evitar sentirse por un momento culpable, ridículamente culpable. A continuación cerró sus ojos y se dejó caer en un profundo sueño.
Tras pasar más de cuarenta y cinco minutos, Julia decidió avisar a su supervisor, ¿y si fuera un tarado? Claramente no era un sin techo, su aspecto era demasiado cuidado.
一Señor, disculpe, ¿se encuentra bien?
一Mejor que nunca 一se apresuró a decir Michael después de la sorpresa.
一No sé si se quedó dormido. ¿Le gustaría probar otros colchones?
一No, no, hacía mucho tiempo que no dormía tan bien, creo que voy a comprar este mismo.
一Me alegro que le haya gustado, pero desgraciadamente este colchón no está a la venta, es nuestro display. Le tomaremos nota de su pedido y le mandaremos uno igual a su casa.
一 Entiendo. ¿Pero podría recogerlo hoy mismo?
一Ya nos gustaría, créame, pero desgraciadamente, con el tema de la pandemia los tiempos de entrega en estos momentos varían de seis a nueve meses.
一¿Cómo dice? Esto no puede ser. Necesito dormir en este colchón, hace mucho tiempo que no puedo descansar, ¿quizá otra tienda lo tenga en el almacén listo para entregar?
一Sinceramente lo dudo mucho. Todas nuestras sucursales cuentan con el mismo tiempo de entrega, le aseguro que no será posible.
Michael salió del establecimiento sin respuestas, pero con un firme convencimiento de pertenencia. Había malgastado muchas noches de su vida y no estaba dispuesto a hacerlo una más. Pensó nervioso qué opciones tenía y decidió entrar nuevamente con la mayor determinación de la que era capaz. Una vez más vio a Julia muy sonriente, tecleando en su teléfono, pero esta vez decidió no esperar.
一Perdone, necesito hablar con su manager.
一Lo siento, en este momento está ocupado con una financiación. ¿Puedo yo ayudarle?
一Estoy dispuesto a pagar lo que sea necesario por llevarme ese colchón que probé hoy.
一Ya le digo que no es posible, además está bastante usado. ¿Esto no le importa?
一En absoluto. Por favor pregúntele a su manager.
一Espere un momento.
一Lo siento de veras, pero me comenta que no podemos hacer nada. No depende de nosotros. Es nuestra business policy.
一Estoy dispuesto a pagar lo que me pidan. Lo que sea, ¿no lo entiende?
一Ya le he dicho que no es posible. Ahora déjeme atender al resto de clientes.
Estaba frustrado, conocía ese sentimiento a la perfección. Le había tocado lidiar con él desde que se incorporó al famoso bufete de abogados DLA Piper en New York después de terminar sus estudios en Penn State. Su experiencia como abogado le había ayudado a desarrollar un buen olfato para reconocer aquel momento, el momento adecuado para el cambio de estrategia. Había que saber parar, valorar al adversario y empezar de nuevo. En esta ocasión, la técnica del win-win había fracasado, aquellos necios no supieron aceptar una propuesta donde ambos lados ganaban. Tocaba pensar en algo diferente… Se metería en el baño, sí, se escondería en el baño y pasaría allí la noche.
一Esta bién. Gracias por su ayuda. Usaré el baño antes de salir si no le importa.
一Por supuesto. A mano derecha, detrás de los ascensores.
Cerró el pestillo, bajó la tapa del inodoro y se sentó algo nervioso. Lo primero que tendría que averiguar es el horario de cierre… Se alegró de llevar su iPhone en el bolsillo, últimamente lo dejaba olvidado en cualquier lugar. Dos horas, faltaban sólo dos horas para el cierre. Lo conseguiría, sabía que podría esconderse allí sin que nadie se diera cuenta.
Efectivamente, ninguno de los empleados se percató de la presencia de Michael en el baño. A las nueve en punto, y tras una charla algo subida de tono entre Julia y otra voz que él desconocía, Michael pudo escuchar a lo lejos el ruido metálico de unas llaves que cerraban la puerta del establecimiento. Decidió esperar unos minutos más a pesar de la sed que sentía; desde el café latte de Crema no había bebido ni comido nada. Decidió salir, abrió el grifo del lavabo y tomó unos sorbos de agua. “Employees must wash hands”, alcanzó a leer mientras secaba su boca con las puntas de su camisa de lino desatada. Conocía muy bien el propósito de ese cartel, Estados Unidos era el país donde nada podía darse por sentado y el abismo legal era una amenaza constante para los empresarios.
No pudo evitar sentir cierto temor cuando abrió la puerta del baño y asomó su cabeza sigilosamente para cerciorarse de que estaba solo. Reinaba el silencio y parecía ahora seguro salir de aquel escondite. Con ilusión y nerviosismo cruzó la sala central, pasó la caja registradora donde había esperado pacientemente a Julia unas horas antes y llegó a la sección de colchones extra firmes. Helix seguía en el mismo lugar, esperándolo.
Con solemnidad se quitó los zapatos, se acercó a él y apoyó sin reparos su cabeza, recostó su cuerpo. El contacto le pareció tan placentero como la primera vez. Lleno de paz, cerró sus ojos y respiró profundamente. En pocos minutos sucumbió a un profundo sueño, su cuerpo parecía inmóvil, apenas una cadente elevación torácica a ritmo constante podía percibirse.
Aquella noche Michael pareció recuperar el sueño acumulado por años, y acostumbrado a despertarse varias veces durante la noche, no creyó necesario usar su alarma. De repente unas risas lejanas, desconocidas, lo sacaron de las profundidades donde se encontraba. Abrió los ojos y unos rayos de luz radiantes que entraban por la ventana le deslumbraron, hacía años que no le despertaba la mañana.
¿Dónde estaba? ¿Había dormido por más de diez horas sin interrupción? Se frotó los ojos y pudo ver a lo lejos cómo la puerta del establecimiento se abría. No tenía tiempo apenas para reaccionar, así que se lanzó sin pensarlo hacia uno de los lados de aquel bed frame, sin poder evitar un fuerte golpe de su cadera contra el suelo. No conseguiría llegar al baño sin que le vieran, tenía que esconderse rápidamente en otro lugar. Miró a su lado y vió un armario de madera con puertas suficientemente anchas. Probablemente era lo más seguro por el momento, así que se arrastró hábilmente hasta abrir con su mano derecha una de las puertas. Se introdujo en él. En una incómoda posición fetal, Michael pudo adivinar enseguida un hilo de luz que entraba por un agujero, desde donde podía observar el colchón en el que había pasado la mejor noche de su vida.
Se sentía extraño y descansado, hacía tanto tiempo que no había sentido aquello. Su corazón palpitaba deprisa, se había llevado un buen susto. El olor a café de los empleados le hizo sentir cierta nostalgia… ahora estaría en Crema, pidiendo su Café Latte con extra espresso. Pero era cuestión de esperar, esperar que llegaran algunos clientes para salir disimuladamente de aquel armario, después iría a casa, se ducharía e iría al bufete.
Comenzaron enseguida a entrar clientes, con suerte en pocos minutos podría salir de aquel minúsculo lugar, pensó. Una pareja joven se acercó sonriente al mostrador donde se encontraba Julia, una vez ensimismada con su teléfono. No podía escuchar la conversación, pero podía imaginarla. Julia les contaría algo apática las ofertas de fin de temporada y les mostraría las opciones más caras. Qué tedioso debía ser aquel empleo, pensó. Poco a poco comenzaron a acercarse a la sección extra firme y Michael temió lo peor. No puede ser, no se sentía en condiciones de ver esto, la chica se quitó los zapatos y se recostó sobre Helix, sobre su Helix, mientras su marido parecía más pudoroso.
一 Acuéstate, cariño. Dime qué piensas.
一Demasiado duro, creo que preferiría algo más cómodo.
Más allá de los celos por compartir lo que él consideraba suyo, Michael sentía una profunda rabia al escuchar aquel desprecio. ¿Algo más cómodo?, ¿cómo podía atreverse este mentecato? No, él no iba a permitirlo. Tendría que pensar en la manera de sacarlos de allí. La estrategia sorpresa, sí aquella que le dio la victoria en el último juicio contra Clifford Chance. Algo inesperado pero sencillo, rápido, cualquier cosa con tal de que aquellos babosos se levantasen de su colchón. Sin darle más vueltas sacó su teléfono móvil y buscó el número de aquella maldita tienda. Un aviso de lockdown, una amenaza de tiroteo los sacaría a todos rápidamente de allí.
En menos de 5 minutos volvía a reinar el silencio, todos los clientes y personal salieron despavoridos tras su llamada. Ahora él podía salir de aquel armario, estirar sus piernas y disfrutar del despertar que la premura le había robado. Se acercó a la máquina de café detrás del mostrador y se sirvió una taza de café americano. Qué terrible era el café en los Estados Unidos, pensó tras el primer trago de ese líquido acuoso y sin vida.
Con taza en mano, se dirigió a Helix, se sentó y acarició una vez más con sus dedos aquella textura suave, lisa, firme. Sabía que no contaba con mucho tiempo, pero al menos quería disfrutar aquel café en buena compañía, la mejor compañía. Se quedó más tiempo del que debía; de repente unas nuevas voces, que nada tenían que ver con el tono risueño y ligero de Julia, volvieron a molestarle. Eran gritos secos, amenazantes.
一 Put your hands up!
Conocía esa expresión. Lo había visto millones de veces en las películas. Ahora le pondrían las esposas y lo llevarían de malas maneras al calabozo. Tendría que guardar silencio y cuando llegara el momento pedir la presencia de su abogado. No opuso ninguna resistencia, era parte del procedimiento. Con la ayuda de su bufete probablemente no le caerían más que seis meses de cárcel. No se arrepentía, le había merecido la pena. Tendría muy claro a quién dirigiría esa llamada de contacto el primer día de su condena. Llamaría a Mattress firm y pediría a Helix. Con algo de suerte coincidirían los tiempos de su condena y los de entrega y cuando saliera del calabozo podría repetir, esta vez para siempre, la mejor noche de su vida.

Excelente