Hablar con Hache

La impostura de contar el dolor ajeno

Estoy a punto de publicar mi primera novela que se titula Lo que no te pertenece.

Nace de una incomodidad persistente: la sospecha de que hay historias que no nos pertenecen y que, sin embargo, contamos. O que necesitamos contar.

La novela se sitúa en el contexto de la política de separación de familias en la frontera entre Estados Unidos y México durante la primera presidencia de Donald Trump. Pero no intenta reconstruir los hechos ni ofrecer una versión definitiva. Más bien, se articula en torno a una pregunta que ha terminado contaminándolo todo: ¿qué implica narrar el dolor ajeno?

Durante años, me ha impresionado, y a menudo dolido, una escena que se repite en los espacios de memoria. Pienso en el National Mall de Washington, ciudad donde resido, en los memoriales de la guerra de Vietnam o Corea, y en los visitantes que se fotografían sonriendo frente a los nombres grabados de los caídos en los conflictos. Selfies que buscan capturar un instante que no les pertenece. No hay necesariamente mala intención, quiero pensarlo. Pero hay algo en ese gesto, en esa apropiación momentánea del dolor colectivo, que resulta incómodo, incluso perturbador.

Escribir sobre el dolor del otro es un acto de intervención. Al intentar ponerle palabras a una tragedia que no es nuestra, inevitablemente la transformamos: elegimos qué contar y qué omitir, simplificamos lo complejo y, en ese proceso, algo esencial siempre se queda fuera.

Lo que no te pertenece se construye precisamente desde esa grieta.

A través de tres voces, una periodista española en Washington D.C., un agente de la patrulla fronteriza y una niña de catorce años migrante,  la novela explora distintas posiciones frente al acto de narrar. Ninguna es suficiente.

Y, sin embargo, la novela no es solo un intento de pensar el dolor ajeno. Es también una novela de los adioses. De las despedidas acumuladas, de los duelos que no siempre encuentran forma ni lenguaje. Escribir sobre la frontera ha sido también para mí escribir desde otras fronteras: las íntimas, las biográficas.

En los últimos cinco años he despedido a mis dos padres y a quien fue mi compañero de vida durante más de veinticinco años, aunque ese último adiós fuera necesario para ser la persona que hoy soy y de la que me enorgullezco. Ese aprendizaje, si es que puede llamarse así, sobre la pérdida, se ha filtrado inevitablemente en mi novela. No como equivalencia, no como comparación, sino como una conciencia constante de la fragilidad, de lo que se rompe, de lo que ya no vuelve.

Ahí aparece otra incomodidad: la tentación de establecer paralelismos, de acercar mundos que no son equivalentes. ¿Qué derecho tiene una experiencia personal, por intensa que sea, a situarse en diálogo con el sufrimiento extremo de otros? ¿Dónde termina la empatía y empieza la apropiación?

La novela no resuelve estas preguntas. Tampoco pretende hacerlo.

Más bien intenta sostener esa tensión: entre la necesidad de contar y la conciencia de no tener derecho a hacerlo del todo.

Esta historia es para quienes no han permanecido impasibles ante la tragedia migratoria en Centroamérica, y en tantas otras partes del mundo, pero también para quienes alguna vez se han sentido incómodos frente a sus propios sufrimientos cotidianos, esos que parecen no estar a la altura de otros dolores.

Aquí, quizá, ambos hallen un lugar de encuentro.

Porque esta novela habla de otras vidas, sí, pero también es, inevitablemente, una parte de la mía.

Aquí está, de algún modo, mi historia.

Comentarios

2 Comentarios

  1. Alejo Maddalena

    Las perdidas fortalecen y en valentonan y también de algún modo aclaran y dan via libre a nuestro verdadero yo.

    Responder
  2. Javi Moncada

    Me encanta! Desde ya quiero leer esa novela! Me gusta todo lo que escribes.. la verdad eres la mejor.
    Siempre pa Lante.

    Responder

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HISTORIAS CON HACHE

Relatos de ficción sobre el hombre y el mundo actual

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