Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha sentido una extraña fascinación por los villanos. Queramos o no, nos atraen los personajes oscuros, los forajidos, los que rompen las reglas. En su colección de relatos Historia universal de la infamia, Borges nos presenta un bestiario de maldad con personajes que, en su mayoría, existieron realmente: Billy the Kid, el oriental Lazarus Morell, el despiadado Monk Eastman o la enigmática viuda Ching, líder de una flota de piratas en el siglo XIX. Todos ellos, criminales, impostores o asesinos, son retratados con una prosa que no los condena del todo, sino que los envuelve en un aura de fascinación.
Este magnetismo del mal es una cuestión psicológica. Los villanos, en su mayoría, no siguen las reglas de la sociedad, viven fuera de los límites impuestos, y esto despierta una mezcla de admiración y temor en nosotros. Como explica el psicoanálisis, el mal se conecta con esa parte primitiva de nuestra psique, el «ello», que desea actuar sin restricciones, sin la constante supervisión de la moral.
El mismo tipo de fascinación que sentimos por los villanos literarios también se aplica a figuras históricas como Al Capone. El infame gángster de Chicago, conocido por su habilidad para manipular y someter a la ley, se convirtió en una figura casi mítica. A pesar de sus crímenes violentos, su astucia y su desafío al sistema lo convirtieron en un personaje digno de admiración. En el cine, Los intocables (1987) lo retrata como un hombre imparable, con una mezcla de carisma y brutalidad que hace difícil no admirar, incluso cuando sabemos que su violencia causó miles de víctimas. Qué decir de su versión colombiana con Pablo Escobar, ese mito del mal carismático que nos deja fascinados en Escobar: Paraíso perdido (2014).
A mí, una de las películas que más me gustan es Catch Me If You Can (2002), protagonizada por Leonardo DiCaprio, quien encarna a Frank Abagnale Jr., un estafador brillante que falsificó cheques y engañó a las autoridades mientras se hacía pasar por piloto, médico y abogado. La película nos lleva a admirar su astucia, a celebrarla casi como si fuera un juego. Aunque sus crímenes sean evidentes, lo que realmente nos cautiva es su capacidad para burlarse del sistema y vivir sin las restricciones morales que nos limitan a los demás.
Pero la fascinación por los malotes no se reduce a la ficción. ¿Alguien puede explicarme por qué los malotes son los más populares en la escuela secundaria? ¿Por qué son irresistibles si son las balas perdidas que claramente no tendrán un futuro envidiable? ¿Por qué nadie reconocía, sin embargo, irresistible al que respetaba las reglas del colegio o al que tomaba las mejores notas de historia? Y si ya era bueno en la clase de literatura, su masculinidad estaba en entredicho hasta el día de la graduación.
Ayer, mientras comía en la pausa entre mis clases en George Washington con mi compañero venezolano, nos pusimos a charlar sobre el motivo principal de la victoria abrumadora de nuestro (sí, nuestro, esa es la democracia) presidente. Mientras disfrutábamos de una arepa que él reconocía como invento venezolano, lo vi claro. «Amigo», dije con solemnidad mientras tragaba aquellas 2000 calorías por bocado. «Ya sé por qué la gente votó a Trump. Esto no tiene que ver con ideología, con economía ni, por supuesto, con formación. Es por nuestra fascinación humana por el mal. ¡Nos gustan los malotes!»
Como los infames de Borges, Trump no oculta su desprecio por las reglas. Más bien, se regodea en su propio exceso, en su brutalidad sin filtros. Su ascenso al poder no se debió a pesar de sus mentiras y excentricidades, sino precisamente gracias a ellas. Como los personajes de Borges, Trump supo proyectar la imagen de alguien que entendía las sombras del sistema mejor que nadie y supo manipularlas a su favor.
Borges cierra Historia universal de la infamia con una reflexión sobre la ficción: «Toda literatura es, de algún modo, policíaca». Quizás podríamos extender la idea y decir que toda política, en algún nivel, también lo es. Nos pasamos el tiempo buscando culpables, dividiendo el mundo entre héroes y villanos, y, sin embargo, seguimos eligiendo a los que transgreden. Nos atrae la infamia porque en ella encontramos lo que la moral nos niega: el deseo de romper las reglas sin consecuencias, de ver a alguien desafiar el orden y salirse con la suya. Y, como en los cuentos de Borges, nos dejamos seducir por su historia, aunque sepamos que el precio de esa fascinación puede ser la propia realidad. ¿Qué pensaría Borges si levantara la cabeza? ¿Tendríamos nueva edición de Historia Universal de la infamia con versión gaucha de Trump, motosierra y criptomoneda incluidas?


0 comentarios