Hablar con Hache

Soñadores

 

Antes de preguntarnos qué es justo para los inmigrantes ilegales, debemos preguntarnos qué es justo para las familias estadounidenses, para los estudiantes, para los contribuyentes y para los que buscan empleo (…) Debemos tener corazón y compasión para los estadounidenses desempleados, que luchan y han sido olvidados. 

Donald Trump. Washington, 5 de septiembre de 2017.

“Inmigrantes ilegales”, “estadounidenses”, “olvidados”. Aquel cinco de septiembre del 2017, Armando leía atónito en su oficina el nuevo comunicado del presidente de la nación. Nueve meses habían pasado desde la victoria de Donald Trump, victoria que había abocado al país a lo desconocido, y a una parte importante de la población -exactamente a 787.580 jóvenes indocumentados- al abismo. 

Conmocionado veía ahora caer en pedazos los castillos en el aire que la administración previa había construido en la mente de aquellos niños soñadores, que se habían formado en las escuelas norteamericanas, que hablaban inglés a la perfección, que realizaban trabajos indispensables para la sociedad que los acogía, y que con un gran sentido de la responsabilidad habían hecho sentir a sus padres -aquellos que cruzaron la frontera poniendo en riesgo su vida- que su sacrificio había merecido la pena.

La posible derogación del programa migratorio DACA o Acción Diferida para los Llegados en la Infancia supondría para Armando el fin de un sueño, aquel sueño que comenzó cuando en 1996, contando apenas con cuatro años de vida, cruzó a espaldas de su joven padre la peligrosa frontera que desgaja bruscamente el vasto desierto de Sonora.

Veinte años más tarde apenas recordaba de su viaje el calor abrasador del desierto durante el día y los temblores de su pequeño cuerpo al llegar la noche, cuando se cobijaba para dormir en la adversidad de la intemperie. Esto era todo. Le faltaba imaginación para entender cómo pudieron sus padres sobrellevar aquella terrible experiencia, sin regazo en el que acurrucarse en las frías noches, sin brazos a los que aferrarse en su paso por la silenciosa frontera. Pero lo consiguieron, sí, lo consiguieron y se sabían afortunados por ello. Ahora vivían en su sencillo pero cómodo apartamento a las afueras de San José y, como el resto de compatriotas inmigrantes, prestaban servicio a las clases pudientes en las ricas ciudades vecinas que erigen el próspero Silicon Valley.

La verdad era que Armando no tenía memoria de ningún otro lugar. Había llegado a San José después de una breve estancia en San Diego en casa de unos familiares lejanos. Pero estos recuerdos no formaban parte de él. Su memoria lo situaba desde el comienzo en esta ciudad, y exactamente en la calle salón Dandini Circle, donde Armando pasó sus tardes jugando al baloncesto con sus vecinos mexicanos que chapurreaban el castellano ante sus orgullosos padres. Para los recién llegados esta lengua suponía una lacra de la que había que liberarse en generaciones venideras, sin embargo Armando nunca olvidó su lengua materna gracias al programa de doble inmersión que ofrecía su distrito escolar. Si bien el inglés era la lengua en la que más cómodo se sentía cuando conversaba con sus amigos de la escuela, nunca la usaba en la intimidad de su hogar. Se le hacía muy raro hablar con sus padres en una lengua que, aunque al cabo de los años ambos entendían, no la hablaban con suficiente fluidez. 

Con la agilidad del recién llegado, Armando y su familia rápidamente aprendieron sus derechos y obligaciones como indocumentados en un estado que reconocía su trabajo y su esfuerzo e incluso estaba dispuesto a una guerra política a nivel federal para protegerlos. Pronto se habituaron a vivir sin miedo olvidando temporalmente su estatus de “sin papeles” y disfrutando ocasionalmente de la misma libertad de la que gozaban en su país de origen.

Esta tranquilidad fue interrumpida trágicamente el 11 de septiembre de 2001. Aquellas torres caídas al abismo trajeron consigo consecuencias para las familias indocumentadas que habían visto con ojos de angustia y tristeza el terrible final de miles de neoyorquinos, llorándolos como compatriotas, como seres humanos. Dos años después de la tragedia, el departamento de defensa de un George Bush enfurecido entendió que la seguridad nacional necesitaba vincularse al control de las aduanas y fronteras a través de un mismo cuerpo de autoridad civil y criminal. Fue así como se creó el ICE o Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, un cuerpo de seguridad entrenado para frenar el terrorismo, llevar a cabo barridas entre inmigrantes ilegales en todo el país y sus consecuentes deportaciones. 

En marzo de 2003, Armando tenía 11 años y cursaba cuarto grado en la escuela elemental Sherman Oaks de su barrio. Solía correr a la escuela con su hermana pequeña, apurando una quesadilla recién hecha que su madre les dejaba preparada antes de salir de casa al amanecer. Guadalupe trabajaba como mujer de la limpieza en un complejo de oficinas en el condado de Santa Clara. Francisco hacía tiempo cada mañana en la camioneta cargando sus herramientas de jardinería antes de marcharse a trabajar a los jardines del rico Silicon Valley alcanzando apenas para decir un adiós a sus dos hijos. 

Pero aquella mañana todo fue diferente. Ambos seguían en la cocina cuando Armando y Gabriela se despertaron. Reinaba el silencio. La televisión estaba apagada y un ejemplar del diario local The Mercury News acaparaba la atención de toda la escena: “ICE al acecho de indocumentados en California”, “Última redada de más de 100 mexicanos indocumentados”. Lo había traído Ezequiel y Daniela la noche anterior. Les urgía compartir con sus vecinos los nuevos rumores que se escuchaban por la ciudad. 

Después de cenar los tradicionales tamales y chiles rellenos de su madre, Armando se fue a dormir encantado de poder leer un viejo ejemplar de Captain América, su héroe de cómic favorito, que Daniela le había traído del mercadillo donde trabajaba.

―Se esperan tiempo difíciles Francisco.

―El patrón nos ha pedido que dejemos cada noche las herramientas en su garaje por si no volvemos al día siguiente. No quiere estar buscando las camionetas por la ciudad.

―¿Cómo es eso?

―Parece que Emilio no ha vuelto hoy al trabajo y no se sabe dónde se quedaron las máquinas para alisar el zacate. 

―¡No manches compadre! Estaba todo tan tranquilo por San José. 

―Sí Guadalupe, pero las cosas están cambiado y deprisa.

―Y lo peor es que no vamos tos pa el mismo sitio, Daniela. Mi Gabrielita nació aquí y no pueden deportarla con el resto. Me dan temblores sólo de imaginarla solita, tan pequeña. Hoy mismo iré a la iglesia para encomendársela al pastor. Que me la cuide hasta que vuelva.

―¿Volver? Pero Guadalupe, si vuelves y te pillan  te meten directa en el bote. Y te digo que de ahí no se sale bien. Mira lo que le pasó al hijo de la Maria Luisa. Dicen que quedó tetrapléjico por una paliza de esos bestias.

―¡No nos metas el terror en el cuerpo comadre! Intentemos tranquilizarnos y no ponernos en lo peor.

―Guadalupe, ustedes tienen que hablar con los niños. No lo dejen para cuando sea demasiado tarde. Tienen que sabe qué hacer si llega el día.

―Lo sé. Pero es que no encuentro las fuerzas. Recuerdo la cara de miedo de Armando cuando cruzamos la frontera. No quiero que sufra más. No ahora cuando parece que olvidó todo aquello.

―Buenos días mami. ¿No fuiste a trabajar hoy?

―No mi hijita, hoy no. Aquí tienen su desayuno. Coman y apúrense que van a llegar tarde. Hoy su papi los lleva a la escuela. Va a hablar con la maestra.

―Está bien mami.

―¿Francisco, llegaste a hablar con la maestra?

―Sí. Estaban también los padres de José Emilio y Aurelita.

―¿Y qué le alcanzaste a decir?

―No hizo falta que le dijera nada. Ella nos prometió que guardaría a los niños en las clase hasta que viniéramos a recogerlos.

―Dice que avisemos a quien conozcamos por si acaso.

―Está bien. Hoy voy a visitar al pastor. 

Cuando Francisco llegó a casa con sus hijos toda la casa olía a comino, ajonjoli y cebolla tierna. Guadalupe estaba terminando de preparar pollo al mole rojo, la receta preferida de Armando y Gabriela. Desde que empezaron las redadas, Guadalupe mimaba más a sus hijos sintiendo cada momento como si fuera el último, intentando proteger su infancia amenazada por una realidad que se precipitaba. 

Era el diecisiete de marzo y Armando lo había pasado muy bien en la escuela gracias a las actividades que su maestra había preparado con motivo de la festividad de San Patricio. Cuando Armando en casa  explicaba a sus padres la importancia de vestir de verde aquel día, Francisco le interrumpió torpemente. Sin tino, acelerado, como el que intenta deshacerse de un nudo en la garganta, explicó a sus hijos lo que estaba pasando. El gobierno había endurecido las medidas de seguridad y los inmigrantes ilegales estaban siendo perseguidos. Tenían que tener cuidado y, sobre todo, saber qué hacer si ellos no volvían a recogerles.

Armando nunca había sentido celos de su hermana pequeña hasta aquella noche en la que entendió las consecuencias de sus opuestos destinos. Gabriela había nacido en suelo americano, lo que la convertía en ciudadana. Por el contrario, él sería para siempre un “frijolero”, un “espalda mojada” como los llamaban despectivamente. No creía justo esta distinción entre dos hermanos de la misma sangre y además sentía una profunda tristeza con la idea de separarse de ella para siempre. 

Después de aquella noche, Armando nunca volvió a ser él mismo. Asustado se refugiaba a la vuelta de la escuela tras las paredes de su habitación. Ya no salía a jugar al baloncesto con los otros chicos, ni tampoco a correr en busca de lagartijas por los cerros vecinos. Poco a poco encontró en la  lectura voraz de sus cómics preferidos un refugio en el que se sabía seguro y aprendió a apreciar la soledad. 

Pasaban las semanas y los rumores crecían. No era infrecuente notar la falta de algún estudiante en su clase. Los maestros no lo comentaban, nadie quería infundir el miedo en una escuela donde más de cien chicos eran indocumentados. 

Por fin llegó el verano y el cumpleaños de Francisco.  Guadalupe le preparó un pozole como el que hacía su mamá allá en Jalisco e invitaron a Ezequiel y Daniela para cenar y para ver su película preferida de Cantinflas, El padrecito. Eran las siete de la tarde y todavía no habían llegado. Un mal presentimiento acechó a Guadalupe.

―Voy a ir pa su casa y ver qué pasó que no vienen.

―¿Mande? Tú no vas pa ningún sitio, ¿me oíste Francisco?

―Pero Ezequiel nunca llega tarde.

―Pues por eso mismo Francisco, tú no sales a estas horas y menos solo.

Guadalupe acertó en su presentimiento. Daniela había sido detenida en una redada cerca del mercadillo donde trabajaba y poco más tarde Ezequiel. Después de unos días en el calabozo, los deportaron a un país al que no habían visitado en más de quince años, un país al que no conocían, con únicamente lo puesto, sin dinero, sin papeles, destinados a la mendicidad. 

La pérdida de Ezequiel y Daniela fue un duro golpe para toda la familia. Armando y Gabriela los sentían como tíos, la única familia que tenían aquí. Nunca más volvieron a verlos y tampoco tuvieron noticias de ellos. Guadalupe los encomendaba a Dios en su oraciones antes de ir a dormir y esto enfurecía a Francisco quien había dejado de creer en un Dios al que consideraba injusto.

Con el paso de los años Armando se convirtió en un estudiante ejemplar aprovechando todas las oportunidades que su distrito escolar le ofrecía. Pudo acceder como indocumentado a la high school de su distrito y se graduó como mejor estudiante de su promoción. 

El quince de junio del 2012, el día de su graduación, Armando vio llorar a sus padres orgullosos como nadie de los logros de su joven muchacho. Armando también lloró, pero sus lágrimas no eran de alegría sino de tristeza y frustración. Sabía que su sueño de estudiar derecho y convertirse en abogado no le era posible por su condición de indocumentado. Mientras escuchaba el discurso de su director de instituto le vino una ráfaga de realidad. Se imaginó con el destino de su padre, como un jardinero más en el Silicon Valley, soplando las hojas del jardín de  hombres ricos y con ellas sus sueños. 

En el camino a casa, su padre encendió la radio intentando romper el silencio incómodo que se había apoderado de ellos. De repente oyeron un comunicado del presidente Obama quien acababa de aprobar una ley migratoria por la cual aquellos niños inmigrantes ilegales llegados en la infancia a territorio americano serían llamados soñadores y se les concedían el derecho a residir, estudiar y acceder a diversas prestaciones sociales en reconocimiento a su esfuerzo en un país que sentían como su hogar.

Armando se quedó inmóvil. Pensó en qué palabra podría definirlo ahora que dejaría de ser un “frijolero”, un “espalda mojada” y no se le ocurrió ninguna mejor que la que acuñó Barack Obama aquel quince de junio del 2012. Soñador, Armando era un soñador, convencido, quizá ingenuamente, de que todo ser humano tiene derecho a luchar por sus sueños, allá donde esté.

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