Hablar con Hache

The sensitive reader

El lector sensible (the sensitive reader) es una figura relativamente reciente en el panorama literario que cada vez juega un rol más importante en el mundo editorial junto a los correctores de estilo, los maquetadores, los editores, etc. 

Este nuevo gatekeeper de la publicación, más conocido hasta ahora en el mundo anglosajón que en el español, podría definirse como un lector beta que ayuda a detectar en las obras literarias errores como la caracterización de personajes que representan a un colectivo concreto como el colectivo LGBT o el colectivo afroamericano, por poner tan sólo algún ejemplo.

Su objetivo es purgar los textos de elementos susceptibles de herir a algún grupo y de este modo ayudar al autor a conseguir textos más profundos que eviten estereotipos y prejuicios sobre determinados colectivos. También son especialmente sensibles ante obras que consideran producto de la “apropiación cultural”, es decir, obras que tratan de temas no conocidos personalmente por el autor. 

La primera vez que oí hablar de este nuevo filtro editorial fue hace poco en un artículo publicado por Lola Galán en El País titulado “Cuidado con estos libros, ¡peligro!”. En este artículo, la autora comenta los retos que tuvo que enfrentar la escritora norteamericana Jeanine Cummins durante el proceso de publicación de su superventas Tierra Americana. Las redes sociales, agitadas por algunos escritores latinoamericanos radicados en los Estados Unidos, vieron en la novela una visión estereotípica de los mexicanos y una presentación caricaturesca del propio México, además de una mayúscula apropiación cultural. La ofensa cometida por Cummins ante la comunidad de escritores hispanos en Estados Unidos llegó al nivel de reseñas como la de la escritora latinex y lesbiana (así se define) Myriam Gurba que en 2019 publicó su artículo contra Cummins titulado “Pendeja, you ain’t Steinbeck: Mi Bronca with Fake-ass Social Justice Literature”

No he tenido la oportunidad de conocer a la señora Gurba, pero claramente respeto la opinión de otros autores como Stephen King quien llegó a calificar la novela Tierra Americana de “obra extraordinaria, con el perfecto equilibrio entre, por un lado, el terror, y por otro, el amor» para añadir después, «reto a cualquiera a leer las primeras siete páginas de este libro y no terminarlo”; o la propia Sandra Cisneros quien la calificó igualmente de “obra maestra de un poder espiritual inmenso”.

A pesar de todas estas críticas tan positivas y de los miles de ejemplares vendidos al comienzo de su publicación, la editorial se vio obligada a anular la campaña de promoción de Tierra Americana

Experiencias como la de Cummins ha llevado a otros escritores y a las editoriales que los publican a usar ese filtro de sensibilidad que se ha venido a llamar “sensitive reader”. Con ellos, los autores se protegen de cualquier escrache de la sociedad y la editorial de verse involucrada en polémicas que puedan afectar su inversión. Se ha llegado tan lejos con este filtro que los escritores que quieran “purgar” voluntariamente sus obras antes de presentarlas a la editorial pueden incluso hacer uso de plataformas como “Salt and Sage Books” cuyos lectores «sensibles» realizan una lectura empática que corrija cualquier desliz del escritor. Como cabe esperar, la plataforma cuenta con lectores pertenecientes a diferentes colectivos que además han vivido experiencias traumáticas o digamos extremas y que son capaces de “ponerse en la piel de los personajes de la novela en cuestión” de forma más auténtica que el propio escritor si no comparte estas experiencias (así lo venden en la plataforma).

Está claro que en torno a la figura del sensitive reader han surgido voces a favor y en contra. Para algunos autores se trata de un mecanismo de protección cultural y corrección política; para otros, sin embargo, es un modo de censura en democracia. En mi opinión, está claro que la lectura de un lector sensible que pertenezca a la cultura, al colectivo o al lugar donde se centra la novela puede ser de gran ayuda para el autor como lo son los hechos históricos para el historiador o los datos empíricos para el científico, pero no podemos olvidar que la literatura es algo más que un testimonio, que una descripción acertada de la realidad. La literatura es ficción, imaginación, creación individual a partir de la perspectiva de un ser humano que puede desfigurar si quiere la realidad o inventarla.

En cuanto a la apropiación cultural, me niego a aceptar que solo los escritores de una zona geográfica específica o de un colectivo específico puedan escribir sobre las realidades que de allí se desprenden. Si esto fuera así, diríamos que la literatura se basa en la memoria y no en la imaginación y que la escritura es una terapia, mas no un modo artístico. Se instalaría así un inherent bias que empobrecería nuestra cultura enormemente. ¿No es igualmente interesante conocer la visión de un holandés sobre el apartheid sudafricano? ¿Cómo piensa un autor procedente de un país de tradición colonial como lo fue Holanda de un acontecimiento histórico como este? ¿Qué puede ofrecernos su perspectiva sobre lo acontecido?

Y volviendo al tema de la caracterización de los personajes, cuando Gustave Flaubert escribió Madame Bovary, una de las obras maestras de la literatura francesa, ninguna lectora sensible le ayudó a entender qué significaba ser mujer y adúltera. El talento de Flaubert le permitió presentar la caracterización psicológica de Emma Bovary como si él hubiera vivido en su propia mente y cuerpo. ¿Qué decir de Anna Karenina o de la versión española de Clarín, Ana Ozores? Por su parte, Shakespeare nunca viajó y sin embargo sus obras están llenas de escenarios desconocidos para él. ¿Qué le diría hoy un sensitive reader a William Shakespeare sobre Otelo? ¿Nos privaría de esta tragedia por tratarse de una apropiación cultural? Podríamos nombrar miles de ejemplos de obras maestras cuyos autores llevaron a cabo lo que hoy queremos ver como políticamente incorrecto. 

Afortunadamente, los escritores chicanos, esto es, escritores de origen mexicano que habitan en Estados Unidos, nos han dejado obras literarias de una calidad insuperable gracias a su testimonio, a la cercanía del tema que nos narran pero también y, sobre todo, a su talento por «contar la historia». No puedo evitar nombrar a uno de mis autores chicanos preferidos, Francisco Jiménez, a quien tuve el privilegio de conocer por trabajar juntos en el departamento de lenguas modernas en la Universidad de Santa Clara en California. Su obra Cajas de cartón es una de las obras más bellas sobre la experiencia migratoria que he leído. Pero también creo que autores americanos como Jeanine Cummins tienen el derecho de explorar este mismo espacio literario sin el miedo a sentirse «impostores». La literatura, como la imaginación, debería estar libre de cualquier atadura. Abogo porque nos dejen a los lectores juzgar por nosotros mismos las obras literarias sin mediadores sensibles de por medio.

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