Hablar con Hache

Verdades enmarcadas. Un paseo por el National Portrait Gallery en D.C.

Hace pocos días, mis hijas y yo tuvimos la oportunidad de disfrutar de una visita guiada por la National Portrait Gallery en Washington D.C., ciudad en la que residimos. Era un día entre semana, con el tráfico de la ciudad convertido en todo un reto y, sin embargo, a pesar de una jornada larga de escuela, se animaron a acompañarme. Tras disfrutar del majestuoso patio que vertebra el museo, el pequeño grupo que allí estábamos comenzamos la visita con nuestro guía privado frente a uno de los retratos que abre, cronológicamente, el museo.

Se trata del retrato al óleo del personaje histórico de Pocahontas, hecho por un artista desconocido y basado en un grabado original. Este retrato es, además, el único conocido realizado en vida de la indígena durante su visita a Inglaterra en 1616.

La cara de mi hija menor era un poema. Acostumbrada a la princesa Pocahontas de Disney, que junto a su amigo el mapache navega río abajo en busca de respuestas de la madre naturaleza, esta vez Pocahontas había sido retratada con atuendo inglés de encaje blanco y un sombrero alto adornado con plumas de avestruz, símbolo del estatus de la nobleza inglesa del siglo XVII. El artista había aclarado su piel, su cabello y sus ojos, y europeizado sus rasgos con el ánimo de “anglicanizar” su imagen.
—¿Así era Pocahontas? —preguntó, decepcionada, mi niña de ocho años.

Era una buena pregunta, sin duda. Me quedé pensando que lo que teníamos ante nosotros no era la realidad del pasado, como tampoco lo era la que vimos en Disney. Era el relato del artista: lo que él decidió contar (la europeización de Pocahontas) y lo que decidió ocultar (los ojos rasgados de la hija del cacique). Se trataba de una verdad a medias, que distorsiona hábilmente nuestra percepción del mundo con el intento de controlar su relato.

Esta experiencia me dejó pensando en cómo accedemos, en general, a la realidad que nos precede, pero también a aquella de la que somos coetáneos. ¿Podemos conocerla verdaderamente?

Últimamente me obsesiona el concepto —tan de moda, desgraciadamente, en política— de la media verdad organizada. No me refiero solo a la mentira por omisión, sino a esas verdades estratégicas, cuidadosamente seleccionadas, que construyen un relato verosímil, incluso convincente, pero profundamente incompleto. Verdades útiles para sostener una narrativa, para cimentar una ideología, para justificar una política, para defender una actuación. Pero, más allá de la vida política, esta misma media verdad organizada existe en todos los ámbitos de nuestra sociedad.

Hace apenas unos días cayó en mis manos la novela Verdades a medias, de la autora colombiana Mónica Acebedo. En ella, el protagonista Tobías Schneider, un escritor exitoso, se propone escribir una novela con la esperanza de reparar su relación y explicar la crisis matrimonial con su esposa Georgina Schneider-Koslov. Pero lo que se nos presenta no es solo una historia de pareja, sino una reflexión sobre la imposibilidad de narrar objetivamente, incluso cuando se intenta ser sincero. Porque toda historia, todo relato, incluso el más íntimo, está mediado por nuestra percepción, nuestros intereses, nuestras heridas. Y a veces, sin quererlo o queriendo, manipulamos el recuerdo en nombre del amor, del orgullo o del miedo. Como lectora, era imposible también entender esa realidad de los protagonistas, ya que continuamente nos enfrentamos a lo que el protagonista omite o destaca con la clara intención de iluminar una parte de su historia. ¿Es todo relato, entonces, una mentira?

La lectura de Acebedo me devolvió al museo. A esos retratos solemnes que me rodearon aquella tarde primaveral y  que me mostraron lo que el retratista quiso  mostrar. Ese Lincoln heroico junto a su globo terráqueo, esa Pocahontas dócil,  ese Obama idealizado. 

Pensé que, más que buscar una verdad absoluta —ese imposible que tanto nos obsesiona—, quizá lo que nos corresponde es aceptar que toda verdad es fragmentaria, prestada, y siempre manipulada. Cuando alguien nos cuenta algo —una historia, una relación, un trauma—, no nos entrega la verdad, sino su versión de los hechos. Un retrato más. Como en el museo.

La National Portrait Gallery es, para mi gusto, uno de los mejores museos de D.C. Especialmente si uno quiere observar de cerca cómo se pinta la historia que se quiere contar.

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