Hablar con Hache

Coplas por la muerte de mi padre

He confesado muchas veces mi reticencia a leer libros de autoayuda para afrontar las dificultades, especialmente aquellos que elegimos como sesgo de confirmación. Debo confesar, sin embargo, que me gusta saber qué bestsellers triunfan en el momento para no perder de vista la moda emocional. Suelo leer la contraportada con una curiosidad maliciosa que no dura más allá de unos segundos y que me hace sentir igual de mal que abrir Instagram. Parece ser que el libro de moda es The Let Them Theory, de Mel Robbins, que —si supe intuir en la descripción— trata de vivir nuestra vida sin que nos afecte lo que piensan los demás.

En esta sociedad tan individualista, imagino que gusta leer algo así. A mí, por el contrario, me importa mucho lo que piensan los demás. No solo eso: me influye. Me afecta en cómo pienso y en cómo actúo. Y menos mal. Soy mejor persona gracias a los que me rodean. Pero lo que más me importa —lo que más me ha importado siempre— es lo que escriben los demás. Porque escribir es pensar con estructura. Es intentar no repetirse. Es hablarle a otro sin aburrirlo. Toda mi vida me he refugiado en la literatura: unas veces por curiosidad, para vivir otros destinos sin arriesgar el propio; otras, por consuelo, por buscar resiliencia; y muchas, simplemente, para calmar mis miedos.

Cuando quedé embarazada de mi primera hija, Victoria, viví con un miedo constante a perderla. Me despertaba en la noche para verla dormir, con una mezcla incómoda de ternura y pánico. Ese pensamiento obsesivo no me soltó hasta que leí la íntima novela Paula, de Isabel Allende, sobre la muerte de su hija. Al terminarla, pensé: “Si alguna vez me pasara, sabría afrontarlo”. Y fue así como ese miedo, por primera vez, se disipó.

Algo parecido me ocurrió durante la larga enfermedad de mi madre, a quien dije adiós hace ya cinco años. Viviendo quizá el momento más duro de mi vida, me refugié en la novela decimonónica La muerte de Iván Ilich, de Tolstói. La literatura, una vez más, fue mi refugio y espejo.

Esta mañana sentí la necesidad de releer las magistrales Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, seis semanas después de haber despedido para siempre al mío. Me emocionaron los versos de esta sextilla:


Partimos cuando nacemos,
andamos cuando vivimos,
y allegamos
al tiempo que fenecemos;
así que, cuando morimos,
descansamos.


Ojalá mi padre esté descansando como merece.

Mi padre fue, en mi vida, lo que Richard Williams fue para Venus y Serena: un entrenador, pero no de raquetas, sino de palabras. Me obligó a leer cuando yo no quería. Me empujó a los libros como quien enseña a nadar lanzando al agua. Y aquí estoy, décadas después, buscando siempre sentido en la ficción.

Cuando me portaba mal —porque gritaba en la hora de descanso o peleaba con mis hermanas— no me castigaba sin postre, me mandaba a escribir en mi diario o a hacer caligrafía. En los veranos, apenas terminábamos el curso, nos llevaba a mi hermana Irene y a mí a la librería a elegir cinco libros de Barco de Vapor. Teníamos que leerlos y resumirlos antes de que empezaran las clases. Qué tediosas eran aquellas tardes calurosas en Murcia, donde solo se oía el rumor seco de los grillos, y el sopor de la siesta parecía eterno. Y, sin embargo, en ese silencio forzado, con menos de diez años, yo empezaba a soñar con mundos lejanos —como el de Momo, de Michael Ende— y a desear ser como esa niña capaz de alegrar a todos los que la rodeaban. Como adolescente, deseaba que alguien perdiera el juicio por mi amor, como Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera.

La noche que enterramos a mi padre junto al amor de su vida, mis hermanas y yo acudimos a su casa en búsqueda de respuestas. Muy afectadas, nos vimos rodeadas de los cientos de libros que forraban las paredes de su casa, junto a cuadernos de notas, diarios y otros textos subrayados. “La lectura enriquece”, parecía escucharse nuevamente, como eco del pasado.

En su mesilla encontramos su última lectura: El Día D. La batalla de Normandía, de Antony Beevor, y un tomo de ortografía básica de la Real Academia Española de la Lengua. Amaba la historia y sentía un sentido de pulcritud hacia el lenguaje. Recuerdo que siempre decía que escribir con faltas de ortografía era como presentarse a una reunión a las ocho de la mañana con una camisa blanca llena de manchas de tomate.

Sentada en su mesa de despacho, miré a mi alrededor y me fijé en aquellos lomos desgastados que en el pasado eran amenazantes, pero que con el tiempo se convirtieron en pilares de mi vida y mi desarrollo. Observé con nostalgia, casi ternura, todos aquellos volúmenes que habían crecido conmigo: “Este te va a gustar, Herminia”, volvía a resonar su voz. Los cipreses creen en Dios, Por quién doblan las campanas, El maestro de esgrima, Madame Bovary, Los episodios nacionales (obligar a esta lectura en plena adolescencia es peor que quitar hoy a un hijo Instagram), Las novelas ejemplares, Cinco horas con Mario, Fortunata y Jacinta.

Juan Gil, hombre de letras, deja una hija que también escribe, que subraya, que piensa por escrito. Su herencia no es solo genética: es también literaria. Me alegro de que me hubiera obligado a leer y a escribir, de que me hubiera dado la literatura como la mejor herramienta de autoayuda. La literatura clásica ya recoge todas las pasiones humanas, todas las desgracias y las alegrías posibles. Reconocerse en ellas nos hace más humanos y nos ayuda en los momentos más vulnerables.

Y en este duelo —como en tantos otros momentos cruciales de mi vida— vuelvo al único lugar donde sé encontrarme: la literatura.

Comentarios

18 Comentarios

  1. Ángel David Fernández Miravete

    Mi querida Herminia, qué profunda emoción he sentido al leer estas palabras, yo que tanto te conozco, yo que tanto sé de quienes hablas y, sin embargo, todavía, sin habernos encontrado en los días de tu infancia, reconozco a aquella niña que crecía con el amor y la fuerza callada de un padre que enseña sin palabras y que deja una huella honda, no solo en casa, sino en el alma.
    Un beso grande.

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    • herminiagil

      Bueno, querido amigo, me conociste con 18 años cuando ambos nos embarcamos en la aventura de estudiar literatura en la universidad. Cuantas lecturas compartidas, cuantos destinos conocidos. Mi padre te apreciaba mucho, admiraba tu cultura y tu saber estar, pero sobre todo esa vitalidad que tanto te caracteriza.

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      • Irene

        Qué bonito, gracias.

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    • Douglas Eduardo López Arteaga

      Herminia,
      Me han conmovido tus palabras tan llenas de amor y gratitud hacia tu padre. Ahora todo tiene sentido; un ser tan maravilloso como tú tuvo que haber crecido rodeada de magia, esa magia que viene de las letras y del corazón. Nos conocemos desde hace muy poco, sin embargo, he aprendido a descifrarte. Leyendo entre líneas pude reafirmar que tu padre hizo lo que un buen padre debería hacer con sus hijos, educarlos y motivarlos a que tengan una pasión o, incluso, un lugar seguro donde recurrir en momentos de tribulación. Tu padre te ha dejado un legado invaluable; una colección de momentos y libros inolvidables que vas a atesorar para siempre y que forjarán tu carácter y la forma en la que debes enfrentar la vida. Por experiencia propia, puedo decirte que nunca estamos preparados para las despedidas; quisiéramos tener siempre cerca eso que nos hace felices y nos apacigua el alma. Tu padre solo ha cambiado de plano; él estará siempre contigo en cada letra, en cada verso, en cada pasaje, y en cada momento de inspiración que tengas para seguir escribiendo tus libros, será tu musa. Gracias por dejarme acompañarte en ese viaje al pasado, gracias por tu amistad genuina en el presente, y pido al universo que estemos siempre cerca y me permita llenarme de tu luz por muchos años más. Te abrazo el alma, amiga.

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      • herminiagil

        Gracias por estas palabras tan bonitas, Douglas.

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  2. Iñigo Sanchez-Cabezudo

    Que suerte tener un padre asi, que te obligara a escribir y leer con asiduidad. Me has hecho recordar cuando lei MOMO, ese libro me encanto. O la Vieja Sirena de Jose Luis SanPedro. Que bonito celebrar su legado en ti y verte ahora crecer como escritora. Abrazo.

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    • herminiagil

      Verdad que Momo es una obra muy especial? Puedes creer que me acordé de ella en el funeral de mi padre? Tengo que hacerme con un ejemplar. Y La vieja sirena… qué recuerdos. Gracias por tus palabras.

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      • Mari Carmen Verdejo

        Qué reflexión tan bonita y qué postura tan acertada la de tu padre.
        Seguro que ha estado siempre muy orgulloso de ti porque tenía motivos para estarlo.
        Allá donde esté le doy las gracias por haberte tenido y ahora a ti te deseo mucha paz y toda la felicidad que te mereces, que no es poca.
        ¡Un abrazo fuerte!

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        • herminiagil

          Gracias, Mari Carmen. Yo también estoy muy agradecida de haberte conocido.

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  3. Javier Moncada

    Herminia! Que bonito te expresas de tú padre. Él era escritor también? Me gusta lo que escribes de él y el buen padre que fue contigo y tus hnas. Cómo dices él a dejado ese legado en tí de ser una buena escritora. Un fuerte abrazo.

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    • herminiagil

      Fue escritor pero no publicaba. Escribía sus reflexiones sobre todo lo que leía pero lo guardaba. Gracias por tus palabras.

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    • herminiagil

      Fue escritor pero no publicaba. Escribía sus reflexiones sobre todo lo que leía pero lo guardaba. Gracias por tus palabras.

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  4. Antonia María ( Antoñita) Martínez Madrid

    Yo padre era un hombre de una cultura extraordinaria y yo aprendía mucho de él cuando estábamos juntos
    En varias ocasiones estuve en su casa y le apasionaba enseñarme sus colecciones de libros e incluso libros únicos de un valor increíble
    Me decía que los limpiaba uno a uno con tu madre, el sentado limpiando y tú madre bajando y colocando
    Ten la seguridad Virginia que vive abrazado al amor de su vida( tu madre) en un abrazo eterno y yo tengo la honda tristeza que hable hacia poco con el y le dije que iba a ir un día a comer con el y le pareció fantástico pero la vida me lía con muchas cosas y no lo he podido hacer
    En otras ocasiones si lo he hecho, comíamos juntos en el bar Aurora temprano como a el le gustaba y algunas tardes veíamos películas que el seleccionaba en su casa ( preciosas todas) y otras veces iba por la tarde a la plaza de debajo de su casa a picar algo y tomar el fresco aunque el no perdonaba las noticias de las 21 y se acostaba temprano pero en todas esas ocasiones que te digo siempre me enseñaba cosas y daba igual la temática que fuese porque era conocedor de todo
    Ha sido una persona muy querida por mi como lo fue yo madre y una persona muy válida porque con su limitación física era autónomo y muy limpio. Me explicaba como se bañaba ,como cogía su ropa,como se arreglaba y vestía el solo pero tb me decía: Antoñita para otra vida me pido andar sin apoyos .
    Me explicaba la fuerza y coraje que tuvo de joven para el deporte porque un militar lo estímulo a andar sin apoyos
    Una gran persona, un hombre correctísimo ,educado y romántico como el mismo se definía y me explicaba como pidió la rosa para la tumba cuando tú madre falleció y como tenía siempre flores frescas y como lucho el solo para que le concedieran ese lugar
    Éramos grandes amigos
    En dos ocasiones le acompañe al thader porque tenía que comprar cosas de ropa y arreglo para sus pies ( íbamos en el tranvía , el en su silla eléctrica y yo andando a su lado
    Creeme Virginia que cuando me enteré de su fallecimiento sentí un dolor terrible y mucha tristeza de no haberme enterado para poder darle el último adiós pero trato de no pensar en el adiós sino en el hola Juan Antonio porque su espíritu sigue estando y su energía no se ha perdido y por eso el otro día cuando me enteré volví a leer el maravilloso texto de San Agustín de Hipona a su madre cuando falleció que te ánimo a leer y que dice: la muerte no es nada ,sólo le pasado a la habitación de al lado….
    Un beso muy grande y nunca te arrepientas de lo que tú padre os exigía en edades tempranas aunque fuese poco entendible porque eso os marcó para siempre la disciplina del conocimiento y es un gran legado

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    • herminiagil

      Gracias por tus palabras de cariño a mi padre, Antoñita. Un beso enorme

      Responder
  5. Susana

    Amiga, yo tengo un ejemplar de Momo para ti! Tus palabras, siempre tan ricas y poderosas. Precioso texto y poema que sin haber conocido a tu padre, lo expresan todo.
    El interiorismo es como la literatura: ambos construyen mundos. Uno con objetos y colores, el otro con palabras y silencios; pero en los dos, cada detalle cuenta una historia.
    Un beso enorme.
    Su

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    • herminiagil

      Quiero ese ejemplar, Susana. Me encanta la idea del interiorismo como creación. Seguro que estás haciendo cosas preciosas. Un abrazo

      Responder
  6. Mayte Rodriguez

    Querida vecina de la infancia:

    Lamento mucho el fallecimiento de tu padre…Mi madre se fue también hace casi 3 años. Te mando un abrazo enorme desde Valencia.

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  7. herminiagil

    Como lo siento, Mayte. Un abrazo enorme en estos momentos.

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