Hablar con Hache

El poder de lo imperfecto e imprevisible en el cierre del año

No hay Navidad sin una visita al cine y unas palomitas kettle corn para mí. Es honestamente inevitable, al igual que asumir que no habrá turrón Suchard en mi mesa por vivir a siete horas de avión de España, aunque siempre aparece algún trocito clandestino en fiestas de expatriados y lo compartimos como si fuera patrimonio nacional. Es mi tradición personal: me reconcilio con el año con maíz inflado y azucarado, mi versión de los frosted flakes cinematográficos. Quizá otros necesiten una copa de Clicquot, una misa del gallo con abrigo de paño y tacones altos, o la foto familiar en pijama a juego de Target. Necesito sentarme en la butaca y dejarme llevar por una historia ajena que me reconcilia, la mayoría de las veces, con la mía propia.

Este año tocó Wicked y no por voluntad propia. Con una constelación familiar diferente hubiera visto Hamnet (que no Hamlet), pero soy muy consciente de mi libertad y la abrazo con calma en estos momentos de aceptación zen tan de moda.

No me arrepentí; probablemente fue la mejor elección posible a pesar de ser una película infantil. Toda la producción es un despliegue de colores caprichosos, coreografías agotadoras y maquillajes llamativos en una trama más complicada de lo que uno podría pensar y que dialoga con El mago de Oz de una manera sutil e inteligente.

Sin embargo, y a pesar de aceptar sin problemas toda la magia, lo sobrenatural y lo maravilloso al más puro estilo Tim Burton, hubo un momento que me sacó de golpe de la historia y rompió de cuajo el pacto de credibilidad. Me refiero a cuando el apuesto Fiyero decide enamorarse de Elphaba, una bruja buena pero verde, marginada y muy fea, y deja en el altar a la angelical Glinda. Si el pobre Aristóteles levantara la cabeza… El amor será ciego, pero tampoco hace falta exagerar.

Lo curioso es que funcionó. La sala aplaudió la decisión del príncipe, que más parecía un dios griego que otra cosa. Y cuando Fiyero le dice a la wicked que no es fea, sino que la mira desde otra perspectiva, todos asentimos como si hubiéramos resuelto un misterio fácil, de los que no necesitan respuesta. Porque, al final, la belleza imperfecta tiene algo de verdadero que la perfección no consigue del todo.

Y ahí, entre brujas y canciones, terminé reflexionando —siempre a destiempo— sobre nuestra fascinación por lo feo. Sobre por qué, desde niños, nos atrae lo imperfecto: las muñecas de Famosa con ojos inquietantes, los trolls fluorescentes que parecen víctimas de una tormenta eléctrica, los Iron Man con bíceps imposibles, los juguetes con proporciones sospechosas. La fealdad… y ese olor a plástico barato que hoy nos marearía, pero que entonces era la esencia misma de la infancia, mezclado con los chorros de colonia Nenuco que nos disparaban las madres antes de bajar a la plaza a contrastar la “sobrenaturalidad” de nuestros juguetes.

Creo que podemos admitir que lo feo nos organiza el mundo de otra forma. Lo feo es democrático: cualquiera puede serlo. ¿Será nuestro sentido de la justicia lo que nos lleva a admirarlo? ¿O quizá nos seduce precisamente porque no es previsible, porque abre la puerta a lo inesperado?

¿Será esta fascinación por lo imperfecto y lo inesperado la que explica el juguete de moda en Estados Unidos, ese que ha mareado a más de un padre y enloquecido a sus hijos? Quizá aún no hayas oído hablar de un Labubu. Labubu, no Lafufu: aquí cada letra importa. Esas criaturas de nueve dientes parecen el resultado de una resaca creativa o de un experimento que nadie se atrevió a detener. Confieso que, cuando mis estudiantes en George Washington llegaron en noviembre con esos conejos colgando de sus mochilas, fingí saber exactamente de qué hablaban. Asentí con la seguridad impostada de quien quiere mantenerse en la categoría de profesora joven y puesta al día.

Una vez que publiqué mis notas y despedí un semestre más con un clic sordo en el sistema informático, me acerqué al centro comercial de Tysons, en Virginia, en busca de la reliquia contemporánea. Después de recorrer tienda tras tienda entre villancicos estridentes y preguntar dónde podía encontrar un Labubu (que, para mi desgracia, todos conocían), finalmente llegué a un lugar remoto: uno de esos locales en los centros comerciales que te hacen preguntarte cómo demonios han elegido un sitio tan poco concurrido y si, en realidad, no será una tapadera para blanquear capitales.

Allí me recibió un dependiente joven, con mirada altiva y la actitud de quien cree poseer mercancía sagrada. Le pregunté de inmediato qué tipos había y, cuando me mostró los más populares, le pedí que abriera la caja. El chico se rió, no a carcajadas, pero sí con esa suficiencia silenciosa que los veinteañeros manejan con soltura, como si la seguridad absoluta fuese patrimonio exclusivo de su edad. Me explicó, con cierta vergüenza ajena, que se trataba de un blind box: es decir, que el chiste estaba en descubrir qué te tocaba cuando lo comprabas.

Para salir del momento embarazoso, intenté tender un puente rápido con Forrest Gump: “La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”. Fracasé. El referente se estrelló contra el abismo generacional; ni la caja de bombones me salvó. Su mirada incrédula me dejó todavía más fría. Así que salí como pude añadiendo  un tímido “cine de autor”. Él asintió, satisfecho, sin entender nada, creyéndose parte del club selecto del criterio cinematográfico, cuando en realidad solo quería acabar la conversación.

Compré el Labubu, claro, sin importarme los ofensivos 56 dólares que dejé en aquel datáfono. Con la poca dignidad que me quedaba, salí de la tienda como si aquella hubiera sido una compra irrelevante. Solo entonces entendí la clave de todo esto: los Labubus no se eligen. Te tocan. No hay control. No hay catálogo. No hay algoritmos. No hay promesa de belleza ni garantía de éxito. Toca esperar y ver, aceptar sin negociar. Es un recordatorio extraño de que la vida, a veces, funciona así: no elegimos, nos eligen.Y quizá por eso nos fascinan los Labubus. Estamos cansados de predicciones, de vidas programadas, de algoritmos que creen conocernos mejor que nosotros mismos. Exhaustos de la tiranía del gusto perfecto, de la estética cuidada, de la obsesión por acertar siempre. Lo feo nos alivia. Lo inesperado nos despierta. Lo azaroso nos devuelve, paradójicamente, una forma de control: la de no tener que controlarlo todo. Con 2026 al acecho, me pregunto qué blind boxes nos aguardan y qué sorpresas feas, torcidas o improbables acabarán siendo necesarias. Porque, al final, lo imperfecto, mirado desde la perspectiva adecuada, puede incluso resultar bello. Quizá eso me baste para terminar un año inevitablemente feo y abrir, con esperanza, una nueva caja.

Comentarios

1 Comentario

  1. Joseph Smith

    Hay una razón por la que disfruto leer tus escritos: siempre invitan a la reflexión, algo que no es fácil para personas como yo, que no escribimos ni nos expresamos con claridad de forma natural. En el ámbito militar, estamos acostumbrados a presentar primero la idea principal (BLUF). Sin embargo, a menudo encuentro los puntos más importantes hacia el final, y siempre son profundamente impactantes.
    El mensaje central resuena con fuerza: la falta de control, el ser elegido en lugar de elegir, la ausencia de garantías o de una programación previa. Eso es, en última instancia, lo que la vida nos presenta: esperar en la incertidumbre, enfrentar lo no planeado y aprender a aceptar lo que llega.
    Lo “feo” a veces se manifiesta en apariencias, situaciones y/o condiciones, pero eso también está en los ojos de quien lo mira. Intento buscar la belleza en todo. Este año ha sido a la vez desafiante y gratificante, y siempre espero con ilusión lo que trae el nuevo año: llevar conmigo lo positivo y aprender de los errores del pasado, y espero que otros también lo puedan hacer.

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