Hablar con Hache

La antifragilidad de la democracia

Es un lugar común definir la democracia como frágil. Aunque muchos de nosotros hemos crecido en sistemas democráticos estables, sabemos por el irremediable peso de la historia, así como por nuestro conocimiento de otros regímenes coetáneos que gobiernan naciones vecinas del mundo, que gozamos de un privilegio relativamente reciente.

Pero además de su relativa juventud, las democracias occidentales han tenido que soportar a lo largo de su corta historia serios varapalos que llevaron al mundo a dos Guerras Mundiales, a periodos oscuros de dictadura, o más recientemente, a procesos de desacreditación de sus propios fundamentos como ha ocurrido durante la era Trump en los Estados Unidos. 

Se dice que las democracias son frágiles, pero yo prefiero llamarles antifrágiles apropiándome del término propuesto por el ensayista, investigador y financiero libanés-estadounidense Nassim Taleb en su libro Antifragile (2012). Para Nassim Taleb es importante diferenciar entre el concepto de robusto y de antifrágil. Lo robusto aguanta los choques y sigue igual, mientras que lo antifrágil mejora. 

En Antifragile, Nassim Taleb aplica este concepto a los mercados financieros, a la salud, al aprendizaje, a nuestra propia psicología, etc. Después de la Gran Depresión, los mercados resurgieron con fuerza dotados de una estabilidad anteriormente desconocida. Es verdad que, en el caso de la economía, estos ciclos se repiten o, como diría Mark Twain,  “estos ciclos riman”, pero está claro que los sistemas que aguantan nuestros mercados están dotados cada vez de pilares más fuertes. 

Un proceso similar ocurre con la práctica del deporte; las indeseadas agujetas son un ejemplo muy gráfico de un sistema antifrágil como es el cuerpo humano que ante la agresión de un estresor como el ejercicio físico, se refuerza desarrollando más masa muscular y mejor condición física.

El concepto de antifragilidad es igualmente aplicable a la democracia. Si pensamos en la historia de la democracia alemana y por irremediable extensión en la Europa de los años cuarenta, ésta sufrió un fuerte terremoto durante el nazismo cuyo final, culminado con el proceso de Nüremberg, marcó el punto de inflexión hacia lo que conocemos como la Europa moderna, una Europa que cuenta con un Tribunal Internacional de Justicia desde 1946, entre decenas de otros mecanismos protectores de nuestra democracia.

Quiero recordar una conversación que tuve hace unas semanas con un estudiante de secundaria, amigo de la familia, quien estaba preparando su ensayo para la solicitud de ingreso a la universidad y coincidió conmigo en su visita a George Washington University.  Recuerdo que durante nuestra charla le pregunté: “¿si pudieras cambiar algo de la historia qué cambiarías?  Yo estaba segura que iba a nombrar algo específico, no sabía qué elegiría, quizá la pandemia, pero pensé que como joven se quedaría en lo concreto. Sin embargo, ante mi sorpresa, este chico de diecisiete años respondió hábilmente: “No cambiaría nada. Estamos aquí por lo que nos ha pasado”.

No pude evitar recordar sus palabras la pasada noche electoral en los Estados Unidos. Durante el gobierno de Trump, o mejor dicho, desde antes de que él pudiera creer que había ganado, su discurso se construyó en torno al descrédito de las instituciones. “Nos han robado las elecciones” había preparado un cínico Miller para poner en boca del que ya sabían perdedor de la noche del 8 de noviembre de 2016. Desde la semana previa a aquella “victoria por sorpresa” hasta las pasadas elecciones del 2022, el pueblo estadounidense ha sido víctima de unos agentes estresores que han tratado de dañar las instituciones, hacer sentir a sus votantes que el sistema democrático no es fiable y que la gobernabilidad está por encima de la democracia. 

La democracia estadounidense es antifrágil, ha salido reforzada de ese duro golpe y ha dicho “no” a los negacionistas de la legitimidad de las elecciones anteriores. “Fue un buen día, creo, para la democracia”, comentó posteriormente el presidente Joe Biden, aun cuando posiblemente su partido perdería el control de una de las dos cámaras del Congreso.

Creo también que fue un buen día, independientemente de quién controle las cámaras. Fue un buen día porque los votantes reconocieron la antifragilidad del sistema en el que viven. 

Comentarios

2 Comentarios

  1. IRENE

    No me puedo resistir a hacer un comentario sobre este artículo. Hablas de la fortaleza de la democracia de EEUU el día del Asalto al Capitolio, sin embargo desde Europa lo que observamos preocupados fue un riesgo de presión en el sistema ejercido por unas minorías, presión ejercida por un sector de la población americana y que conlleva el peligro de pueda llegara convertirse en una de esas «minorías dictadoras».

    Desde hace años en España y en países de Europa no gobiernan las mayorías, vivimos en dictaduras de minorías, totalmente legítimas, eso si, pues la propia democracia habilita mecanismos de consenso, que les permiten gobernar, pero en otras ocasiones no tan legítimas y transparentes, es el caso de los lobbies, si, esos grupos de presión tan oficializados en EEUU.

    Decía Kenneddy:

    » Los lobistas me hacen entender un problema en 10 minutos, mientras que mis colaboradores tardan tres días.»

    Grupos de presión de distinta naturaleza, pertenecientes al ámbito del medio ambiente, industria alimenticia, farmacéutica , armamentística, homosexuales, feministas, religiosos, racistas…

    Grupos de presión perseguidos en España mediante inaplicables Leyes de Transparencia o a través de delitos como el Tráfico de Influencias, pero existen, presionan y amordazan al ciudadano medio.

    El ciudadano medio, ese señor o señora formado en una Europa donde ya hace tres siglos se proclamó la separación de poderes, el sufragio universal y la soberanía popular, que vive en una Europa definida hace unos días por Borrell con acierto, como un «jardín rodeado de junglas».
    El ciudadano medio es ese señor o señora que no es rico ni pobre, nadie sabe su ideología ni se pronuncia en público sobre su religión, esto último me parece el gran éxito de la Europa del siglo XXI, el ciudadano medio sabe que eso ha de quedar en la esfera de las convicciones personales y no determinar la política ni mucho menos la ley, mecanismo indispensable para garantizar y acoger en nuestros sistemas democráticos el llamado pluralismo político y garantizar la convivencia y la paz, pero si quieren reconocer al ciudadano medio con un rasgo distintivo claro, es el que además de no expresar su ideología ni su religión, trabaja, respeta y sobretodo paga la cuenta, si, es el que paga, el que paga y calla.

    Hoy día, en Europa, solo en países como Polonia o Irlanda, la religión está presente en la vida pública, me sorprende sin embargo que Partidos Políticos mayoritarios en EEUU empleen expresiones como GOLD BLESS AMERICA , y que en el propio dólar consten frases como …IN GOD WE TRUST ( «Confiamos en Dios»), proclamaciones impensables actualmente en el continente europeo.
    Llegados a este punto, cabría plantearse si está libre EEUU de la dictadura de las minorías, o son ellas las que marcan actualmente, como en Europa, las políticas. Como corolario y como ciudadana media que soy, me gustaría gritar…LIBERTAD, IGUALDAD Y FRATERNIDAD……

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  2. Carmen

    Un placer leerte

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