Hablar con Hache

La autoridad perdida. La RAE y el miedo a corregir. 

Hace pocos días, mi jefe en GWU —lingüista y amante de la enseñanza del español como segunda lengua— compartió conmigo un artículo de mi coterráneo Arturo Pérez-Reverte sobre los retos que atraviesa últimamente la Real Academia Española. Lo leí con detenimiento y me descubrí profundamente conectada con sus preocupaciones. Reverte va más allá de una queja personal o de un ajuste de cuentas —de esos que tanto le gustan— con la institución a la que pertenece. Yo lo he interpretado, más bien, como una reflexión amarga sobre la pérdida de autoridad del lenguaje en un tiempo en el que todo parece desmoronarse, incluidas las palabras.

El académico frustrado viene a decir que la Academia ha renunciado a su función normativa para adaptarse al clima de época, que ya no conversa con los clásicos ni con esa tradición literaria exigente que, para bien o para mal, obligaba. Ahora parece más pendiente de lo que circula en las redes sociales, enInstagram y TikTok. El resultado es una institución que observa y rara vez corrige. Y esa renuncia, que algunos celebran como modernidad, me deja una inquietud difícil de ignorar.

El lugar donde más claro lo veo es en los diccionarios de dudas. Recuerdo cuando hace unos años acudía en busca de apoyo al Diccionario panhispánico de dudas. Acudía buscando un veredicto, una respuesta salvadora, una frontera: esto se dice, esto no. Y encontraba lo que buscaba, afirmaciones sin rodeos: “uso incorrecto”, “forma vulgar”. Me sentía tranquila, apoyada; alguien estaba allí para poner límites.

Ahora, en cambio, todo se ha vuelto más diplomático, más “líquido”. Ya no se dice que algo está mal, sino que “se usa a menudo de manera informal”, que “es frecuente en el habla coloquial”. Nadie se equivoca del todo. Nadie queda fuera. Pero esta renuncia a nombrar el error tiene un efecto extraño: deja a hablantes, profesores y escritores sin norte para orientarse. ¿Cómo enseñar una lengua que ya no se atreve a marcar límites?

Inevitablemente vuelvo a mí, porque al final el mundo existe en la persona que lo vive. Pienso en los ensayos que me esperan cada día, en esa montaña de textos de mis estudiantes que debo corregir. Pienso también en las veces que acudo al diccionario de dudas como quien va al botiquín, buscando un ibuprofeno rápido ante un grupo estudiantil de procedencias muy diversas, donde el castellano se enriquece, sí, pero también desconcierta a una peninsular que ya no sabe si lo que oye es error, innovación o simple desconocimiento.

Intento encontrar una frontera mínima, y lo que encuentro ya no es “esto está mal”, sino un “no se recomienda”. ¿No se recomienda? ¿Y entonces qué hago yo con la maldita rúbrica que me tiene asfixiada? ¿Puedo penalizarlo? ¿No puedo? ¿Estoy siendo injusta? ¿Estoy siendo antigua?

Ahora todos mis ensayos flotan en una atmósfera amable donde cada error va envuelto en papel de burbujas. “Contexto, Herminia, contexto”, me decía el otro día un amigo, en pura confusión, como si la palabra fuera un salvoconducto universal que nos salva de tener que decidir nada. Pero enseñar es también aprender a delimitar: escoger lo que ayuda a comprender y evitar lo que, por impreciso, acaba sembrando confusión.

Antes la Academia regulaba, para bien o para mal, mirando hacia los escritores que habían hecho de la lengua una forma de exigencia: Cervantes, Quevedo, Góngora. Había una tradición detrás, un canon discutible pero reconocible. Hoy, en cambio, da la impresión de que la norma se negocia en otro sitio. Como si la lengua tuviera que adaptarse no ya a la literatura, sino al plató y los reels. Como si el compás lo marcaran los personajes famosos de la televisión, los influencers, o incluso ciertos ministros de Igualdad que, con todos mis respetos, cuentan con un currículo literario más bien limitado para dictar cómo debemos nombrar el mundo.

Pienso, por ejemplo, en Juan del Val, habitual en tertulias y ganador de una edición reciente del Premio Primavera de Novela. Mi hermana Irene me regaló una de sus novelas —con la mejor intención— y confieso que llegué hasta la tercera página. En ella, el personaje iniciaba una digresión explícita y vulgar sobre las partes íntimas femeninas que me llevó a una decisión inmediata: preferí volver a los escritores académicos.

Y que quede claro: no se trata de ser mojigata. He disfrutado novelas subidas de tono, incluso escandalosas. Lolita, por ejemplo, sigue siendo una de las obras más perturbadoras y bellas que se han escrito sobre el deseo y el poder. Pero una cosa es la literatura que incomoda porque piensa, y otra muy distinta es la mención gratuita, casi televisiva, de la genitalia como si el simple hecho de nombrarla otorgara realismo o modernidad. Lo que me agotó en aquella tercera página no fue el sexo: fue la pobreza del lenguaje.

Aquí la ironía se impone sola. Si hoy Belén Esteban o Cristina Pedroche escribieran una novela, ¿recogería la Academia su lenguaje por el mero hecho de que se usa, circula y conecta con millones de hablantes? ¿Bastaría la frecuencia para legitimar el modelo? La pregunta no va contra ellas, sino contra el criterio. ¿En qué momento la popularidad sustituyó a la exigencia?

Porque quizá el lenguaje, como todo, necesita contornos. Yo no puedo hablar sin ellos. Pero tampoco puedo conservarlos del todo, porque la lengua no es un museo ni una verja inmóvil. Es un sistema vivo y complejo. Aun así, incluso lo vivo necesita bordes. Porque si las palabras dejan de tener fronteras, no solo perdemos la norma: perdemos la comprensión.

Y aquí es donde el asunto se vuelve casi una pregunta de huevo o gallina. ¿Qué fue primero: el mundo o el lenguaje? ¿Se ha vuelto el lenguaje impreciso porque el mundo se ha vuelto impreciso? ¿O se ha vuelto el mundo más confuso porque hemos dejado que las palabras se aflojen?

Ferdinand de Saussure, padre de la lingüística moderna, sostenía que la lengua hace el mundo: además de nombrarlo, lo estructura. Si creemos que esto es así, entonces estamos siendo profundamente irresponsables. Al volver el lenguaje ambiguo, otorgamos al mundo un carácter igualmente ambiguo. No debería sorprendernos que palabras como democracia, intervención o genocidio se usen con ligereza si las palabras han dejado de obligar.

El filósofo Ludwig Wittgenstein, en cambio, sugería otra cosa: el significado no está en los diccionarios, sino en el uso. Las palabras significan lo que hacemos con ellas dentro de una forma de vida concreta. Si esto es cierto, entonces es el mundo —las instituciones debilitadas, la desconfianza hacia cualquier autoridad— el que va fabricando la lengua. Y lo que vemos hoy no sería una decadencia lingüística, sino su reflejo.

No sé cuál de las dos explicaciones es más convincente. Probablemente convivan. Probablemente el mundo y la lengua se estén empujando mutuamente hacia esta zona blanda donde nada termina de significar del todo.

Pero mientras tanto, me descubro explicando en mis clases de transculturalidad qué significa una democracia plena, con mis aulas literalmente a la espalda de la Casa Blanca. Les digo que una democracia no puede existir sin algo tan básico como el derecho al due process, el derecho a un procedimiento legal antes de que alguien sea imputado, detenido o expulsado. Que sin ese marco, lo que queda no es democracia, sino fuerza.

Y entonces volvemos a las palabras. Porque en este terreno la imprecisión no es solo un problema estilístico: es político. ¿Existió primero la palabra “ilegal” o la persona “indocumentada”? ¿Qué ocurre cuando un adjetivo sustituye a un ser humano? ¿Qué ocurre cuando el lenguaje, en lugar de describir, sentencia?

No sé si el lenguaje se aflojó primero o si fue el mundo el que empezó a deshilacharse. Solo sé que, algunos días, al corregir un ensayo o al escuchar una palabra usada como arma, siento una tristeza difícil de explicar. Como si estuviéramos perdiendo, poco a poco, la posibilidad misma de decirnos la verdad.

Comentarios

1 Comentario

  1. Joseph Smith

    I found your recent article, as well as the referenced piece, both engaging and intellectually demanding. Reading them together—particularly in relation to the RAE’s “roles and responsibilities”—prompted me to look for a comparable institution in the United States. The absence of a direct equivalent makes cross-linguistic comparison inherently limited.
    One argument is that the RAE has retreated from its responsibility to establish linguistic boundaries. This raises the question of whether such a shift reflects institutional choice or broader sociocultural conditions that increasingly shape language governance.
    For those raised in Spain or within the Spanish linguistic tradition, the RAE has long functioned as an authoritative reference point, making its evolution understandably disconcerting. While English lacks a comparable regulatory body, similar tensions are evident, particularly in professional domains where linguistic precision is essential and ambiguity carries tangible consequences. These challenges are further intensified by the speed and scale of contemporary information dissemination.
    In summary, the RAE appears to be at a critical juncture, one that may necessitate the development of updated norms or guiding principles capable of reconciling linguistic tradition with present-day realities.

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