Hablar con Hache

La geopolítica también se baila

Hay lecturas infantiles que nos dejan huella. Recuerdo una edición de El traje nuevo del emperador —que desgraciadamente ya no conservo— en la que el emperador era un tigre que se paseaba literalmente en cueros ante la admiración de todos por sus supuestas ropas exóticas traídas de lugares remotos.

Siempre pienso en ese cuento cuando mis pares ideológicos, culturales, políticos e incluso amistosos no ven lo que yo veo.

La propuesta fue, sin duda, muy creativa. Preciosa de ver como espectáculo de hispanidad, de americanidad: la casita, los juegos de dominó, la boda, las referencias a los apagones… todo un imaginario bien pensado que, en un mundo ideal donde todo el mundo cuenta con las mismas informaciones, podría leerse como una ampliación legítima del imaginario nacional.

Decir que, como hispana, profesora de español, liberal y pro derechos humanos, la actuación de Bad Bunny en la Super Bowl me resultó disruptiva es difícil de compartir, y no por lo que muchos creen. Bad Bunny ha sido la banda sonora de mi casa durante más de dos años —eso de tener adolescentes pasa factura, y no solo en las canas—. Me gusta, es diferente y, como diría Borges, es un cantante de las orillas. Quizá, a mí eso me atrae.

Pero al día siguiente tenía que impartir una clase sobre visualización de hispanos en Estados Unidos (capítulo 6 de mi lesson plan para el curso de español avanzado en GWU), y decidí llevar a clase un par de fotogramas de la actuación para que los estudiantes dieran su opinión sobre lo que había ocurrido y pudiéramos reflexionar juntos sobre esa visión hispana en Estados Unidos.

Mis estudiantes —claramente multiculturales— hicieron una defensa impecable de la hispanidad, de la necesidad de integración y de la aceptación de lo diferente. Mentes abiertas, inclusivas, orgullosas de las aportaciones de la minoría más grande de este país. Y, sin embargo, faltaba una vuelta de tuerca que intenté forzar con una provocación.

Hablamos de cómo se hace diplomacia hoy y de cómo, como señala el especialista Juan Luis Manfredi en sus trabajos sobre diplomacia pública, esta ya no está únicamente en manos de diplomáticos ni se articula exclusivamente a través del clásico soft power de Joseph S. Nye, sino también mediante órdenes ejecutivas, sanciones económicas y narrativas culturales no oficiales que circulan por redes sociales o escenarios globales. En ese sentido, la actuación fue, sin duda, un ejercicio de diplomacia desplazada en el que la aparición de la bandera puertorriqueña ocupaba un lugar central.

Hubo un fotograma en particular —el artista sosteniendo la bandera— que me recordó inevitablemente a las imágenes del Memorial de Arlington, y no daba crédito a que la NFL hubiera aprobado algo así. No porque esté en desacuerdo con la propuesta de visualizar América como un espacio más amplio e inclusivo, sino porque sé que toda emisión debe tener en cuenta su recepción, especialmente si tenemos en cuenta que un porcentaje significativo de estadounidenses no sabe que Puerto Rico es territorio de EE.UU.

“Imaginemos a Bob”, les decía a mis estudiantes.

Imaginemos a Bob en Sioux Falls, South Dakota, con una sudadera gris con el logo de los Vikings, unos vaqueros desgastados y unas botas de trabajo que aún conservan restos de sal del último temporal, sentado en su sofá reclinable con una alita de pollo en la mano y una cerveza viendo el que, después de Acción de Gracias, es probablemente el ritual más patriótico del calendario estadounidense.

Para Bob, esa bandera no remite a ciudadanía, sino a extranjería, a algo que irrumpe en su espacio simbólico, a una presencia que no reconoce como propia. Pero no solo la bandera: Bob no entendía en absoluto nada de lo que decía el cantante, ni en sus canciones ni cuando hablaba al público, ni tampoco los códigos culturales que se desplegaban en escena —la casita, los juegos de dominó, la boda, las referencias a los apagones—, todo un imaginario que, más que ampliar su idea de América, simplemente no sabía cómo leer.

Recordemos que, en una entrevista posterior a los Grammy, cuando le preguntaron si no le preocupaba que no le entendieran, respondió que no le preocupaba en absoluto. Y ahí está la cuestión: no le preocupó que no entendieran sus canciones, pero tampoco su mensaje, lo que, teniendo en cuenta que se trataba de una intervención cultural con efectos políticos, me parece problemático.

Desde el punto de vista latino se trata de insistir en que esta es la casa de todos, pero desde el punto de vista de Bob puede vivirse como una ocupación inesperada de su salón, como una amenaza difusa, difícil de nombrar, pero emocionalmente efectiva. A la mañana siguiente, cuando entra en su Dunkin’ Donuts de camino al trabajo y Mario —que lleva meses sirviéndole el café— le pregunta si quiere lo de siempre, algo ha cambiado: Bob siente más rechazo que antes. Tal vez no sabría explicarlo, pero ahora hay una incomodidad que no estaba ahí.

Como nos recuerda Stuart Hall, el significado de un gesto no reside únicamente en su emisión, sino en su decodificación, y aunque ha habido muchas críticas a la imagen de la mujer perreando o a letras del tipo “si tu novio no te …, llámame”, creo que ese tipo de representación —aunque haga un flaco favor a la visualización de las latinas en este país— no amenaza el marco simbólico nacional de la misma forma que puede hacerlo una bandera.

El espectáculo dio por sentado que el estadounidense medio tenía cierta “información” sobre Puerto Rico, sobre su estatus político y sobre la idea misma de conexión cultural dentro del imaginario estadounidense, olvidando que esa lección llegaba demasiado pronto en un momento en el que la tensión interna y la diplomacia atraviesan uno de sus peores momentos. Desde el punto de vista de la emisión se trataba de ampliar la idea de América, pero desde el punto de vista de la recepción pudo vivirse como una amenaza.

Es posible que este tipo de gestos contribuyan a visibilizar ciertas causas, pero también pueden generar efectos no deseados sobre comunidades latinas que ya sufren discriminación cotidiana en Estados Unidos. En la era de la diplomacia desplazada, la visibilidad sin estrategia también tiene consecuencias: la geopolítica también se baila, pero no siempre se entiende al mismo ritmo.

Comentarios

2 Comentarios

  1. Manuel Sanchez Ortega

    Me hace reflexionar sobre cómo yo lo viví. Interesante..🤔

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  2. Joseph Smith

    Me has hecho pensar mucho más de lo que quería con este último artículo. Creo que entiendo el mensaje que Bad Bunny intentaba mandar durante el Super Bowl, pero también el mensaje, quizás negativo, como lo entenderán otros. Desafortunadamente, en esta ocasión los ataques xenófobos y más empezaron nada más nombrarle para el Super Bowl, y no han parado. Estoy de acuerdo de que muchos ni entendieron ni respetaron su mensaje de historia de lo que son las Américas y su contribución cultural a los EE.UU., y aún más, esa parte que viene de territorio americano (Puerto Rico). Tampoco me sorprende, porque hay muchos que ni quieren ni se esforzarán para hacerlo. Incluso hubo mensajes/amenazas de interrumpir o intimidar a los participantes del espectáculo por parte del gobierno.
    Pero tampoco apreció los mensajes que se entienden cuando se encajan en lo que una mayoría dicen de grupos minoritarios, sean negros, hispanos, asiáticos, etc. Llevo años, sino décadas, viendo como sistemáticamente, nos ponen en grupos e intentan usar nuestras costumbres (música, idioma, actos culturales) para aferrarse en sus ataques y mensajes negativos en nuestra contra. El esfuerzo del gobierno de borrar los sucesos de la gente negra, los hispanos, y las mujeres, es solo una muestra (y prueba) del mensaje que ellos quieren emitir…y el reescribir de la historia global y de este país.

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