Hablar con Hache

Un caballo de Troya en Ceuta

Después de quince años en el Nuevo Mundo, mi regreso a la vieja Europa ha venido acompañado de una especie de viaje involuntario hacia los clásicos. Lo hice primero en el Museo del Prado, al que volví con una extraña familiaridad. Allí estaban otra vez los dioses de Velázquez, poco divinos, por cierto. Parece que a Velázquez le interesara menos el Olimpo que lo que ocurría cuando sus habitantes descendían de él y se comportaban como humanos. Vulcano escucha la noticia de la infidelidad de Venus con una expresión que no necesita demasiados conocimientos de mitología para ser comprendida; Baco, por su parte, podría estar celebrando la victoria del Real Madrid en una taberna de La Latina.

Semanas más tarde, en un escenario menos solemne que las salas del Prado, dotado de sala IMAX, terminé sentada frente a una enorme pantalla dispuesta a disfrutar de una nueva vuelta a los clásicos en la última producción de Christopher Nolan.

Reconozco que me produjo cierta satisfacción comprobar que una historia que lleva casi tres mil años circulando entre nosotros hubiera conseguido convertirse en uno de los acontecimientos del verano. Incluso aceptando que no todos llegáramos a Homero movidos por idénticas inquietudes intelectuales, alguno, o alguna, quizá tuviera más interés en los músculos de Matt Damon. Lo cierto es que el anfiteatro del cine era muy heterogéneo. Allí estábamos adultos, adolescentes y niños recomendándonos unos a otros volver a escuchar una historia que conocemos desde hace siglos.

A pesar de todo lo que se dice hoy de la juventud, quizá hemos aceptado con demasiada facilidad esa idea de que a los jóvenes, en especial, y al público, en general, solo se les conquista simplificando, acelerando o convirtiendo cualquier relato en algo que pueda consumirse antes de que aparezca la siguiente distracción. Pero la realidad es que, durante unas semanas, un viejo poema ha conseguido interesarnos más que la canción del verano o el programa rosa de la temporada. Y es que, como diría mi profesor Eloy Sánchez Rosillo, los clásicos han sobrevivido precisamente porque guardan ciertas verdades humanas que, por mucho que cambien nuestras ciudades, nuestras guerras o nuestra tecnología, se resisten a envejecer.

Me pregunté qué conexión tenía Troya con nosotros y fue entonces cuando regresé al presente inmediato que estaba viviendo esa semana: la crisis humanitaria sin precedentes en Ceuta. Esa ciudad europea en el continente africano, como recuerdo a los del otro lado de lo que puede llegar a ser una civilización que se presenta impenetrable.

Mientras los aqueos se acumulaban frente a aquella muralla que durante diez años había protegido la ciudad, las noticias que llegaban a mi teléfono horas más tarde, a finales de julio, mostraban otra frontera, mucho más cercana, sometida también a una presión extraordinaria.

Es evidente que Ceuta no es Troya, Marruecos no es un ejército aqueo y quienes intentan alcanzar Europa no llegan para conquistar una ciudad. Las metáforas, cuando se fuerzan demasiado, terminan tergiversando la realidad. Pero había una idea en aquella historia antigua de la que me resultaba difícil desprenderme: la confianza que depositamos en las fronteras cuando necesitamos creer que algo puede quedar definitivamente al otro lado.

Los troyanos habían construido una muralla formidable y durante diez años funcionó. El problema fue que los aqueos terminaron comprendiendo que no necesitaban destruirla; bastaba con encontrar otra forma de atravesarla.

Ceuta plantea una dificultad todavía mayor: su frontera terrestre puede reforzarse y cubrirse de cámaras, pero en algún punto la valla termina y comienza el Mediterráneo, que no reconoce fronteras.

Por eso quizá las imágenes que más me impresionaron no fueron solamente las de quienes conseguían llegar, sino también las de los guardias civiles entrando en el agua para sacar a algunas de aquellas personas. Durante unos instantes desaparecía toda la terminología con la que intentamos ordenar estos fenómenos,  migración irregular, soberanía, control fronterizo, presión migratoria, y quedaban simplemente unos hombres tratando de evitar que otros se ahogaran. Algunos sostenían niños.

También los troyanos habían sido sorprendidos. Pero aquí no había espadas que levantar. Había brazos: los que nadaban, los que se aferraban a cualquier cosa que pudiera mantenerlos a flote, los que sostenían a un niño y los que, desde el otro lado, se extendían para sacarlos del agua.

Es precisamente ahí donde una frontera deja de ser únicamente una cuestión de metros de valla. Cuando un agente se encuentra frente a una persona exhausta que acaba de alcanzar la playa, buena parte de la política migratoria ya ha sucedido. Ha sucedido en los despachos, en las relaciones diplomáticas, en los acuerdos entre países, en la cooperación policial y, también, en todo aquello que hace que alguien considere preferible echarse al mar antes que permanecer donde está.

Pensaba en todo esto cuando escuché al presidente del Gobierno que España había decidido invertir decenas de millones de euros en reforzar las fronteras de Ceuta y Melilla y que destinaría otros cien millones a hacerlas más sólidas y a desincentivar futuras entradas.

La palabra sólida me devolvió inevitablemente a Troya. No porque considere innecesario reforzar una frontera. Un Estado tiene no solo el derecho sino la obligación de saber quién entra en su territorio y de establecer las condiciones en las que puede hacerlo de manera ordenada y gestionable para el bienestar de sus ciudadanos. Lo que me resulta más difícil es imaginar que la solidez material pueda resolver por sí sola un problema cuya naturaleza excede ampliamente los límites de una valla.

Hay, además, una peculiaridad que convierte la frontera de Ceuta en algo mucho más frágil de lo que su hormigón permite imaginar: España solo gobierna uno de sus lados.

Podemos decidir la altura de nuestra valla, el número de cámaras, la tecnología de vigilancia, los agentes desplegados o los millones que estamos dispuestos a invertir. Pero lo que ocurre antes de que alguien alcance esa valla depende, en gran medida, de un país sobre el que España no tiene soberanía y con el que, sin embargo, necesita entenderse. Marruecos forma así parte, inevitablemente, de nuestra frontera.

Los aqueos necesitaron diez años y un caballo de madera para comprenderlo. Nosotros disponemos de drones, cámaras térmicas, sensores, espigones y algunos millones más, pero seguimos enfrentándonos a la misma incómoda evidencia: una frontera nunca es únicamente el muro que la representa.

Quizá sea esa la razón por la que, días después de salir del cine, sigo pensando en Troya. No en Aquiles, ni en Helena, ni siquiera en los músculos de Matt Damon que ayudaron a devolver a Homero a las conversaciones de este verano.

Sigo pensando en su muralla, esa muralla magnífica, pero fue insuficiente. ¿De qué manera puede gestionarse entonces Ceuta?

Probablemente empezando por aceptar que ninguna cantidad de hormigón puede hacerlo sola. Una frontera como la de Ceuta necesita vigilancia y medios suficientes para que el Estado pueda controlar quién entra en su territorio, pero necesita también algo bastante menos visible que una valla: información, anticipación, capacidad de respuesta y, sobre todo, cooperación al otro lado.

Los acontecimientos de julio lo demostraron de una manera especialmente incómoda. Los documentos conocidos posteriormente revelaron que durante los días anteriores habían circulado avisos sobre convocatorias para intentar entradas masivas por tierra y por mar. También han aparecido informaciones que cuestionan el comportamiento de las autoridades marroquíes durante aquellas horas. Saber exactamente qué ocurrió, quién sabía qué y en qué momento corresponde a las instituciones que lo investigan. Pero hay algo difícil de ignorar: cuando decenas de miles de personas alcanzan una frontera en apenas dos días, la altura de la valla ha dejado de ser la única cuestión.

España puede decidir lo que ocurre en su lado de Ceuta, pero no puede gestionar por sí sola lo que sucede antes de que alguien llegue hasta allí. Y eso convierte la relación con Marruecos, nos guste más o menos, en una parte inevitable de nuestra política fronteriza.

Tal vez gestionar Ceuta consista precisamente en asumir esa contradicción: necesitamos una frontera suficientemente sólida para poder ordenarla, pero ninguna frontera será tan sólida como para permitirnos prescindir de quien está al otro lado.

Los troyanos confiaron durante diez años en una muralla y nosotros, tres mil años después, sabemos que una frontera necesita algo más difícil de construir que el hormigón: voluntad política a ambos lados.

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